Yo soy

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viernes, 6 de noviembre de 2015

Hasta marzo de 2016 estará abierta en la Galería de Arte Nacional la exposición César Rengifo. Imagen, pensamiento y acción. En el centenario de su nacimiento, como parte de las actividades que este año se han realizado en honor al pintor y dramaturgo.

La GAN homenajeará al pintor César Rengifo hasta marzo

Varias de las obras expuestas pertenecen a la familia de César Rengifo | FOTO MANUEL SARDÁ
Varias de las obras expuestas pertenecen a la familia de César Rengifo | FOTO MANUEL SARDÁ
No solo se podrán ver cuadros del también dramaturgo, sino también se realizarán charlas, montajes de piezas teatrales y documentales

Hasta marzo de 2016 estará abierta en la Galería de Arte Nacional la exposición César Rengifo. Imagen, pensamiento y acción. En el centenario de su nacimiento, como parte de las actividades que este año se han realizado en honor al pintor y dramaturgo.
María de Lourdes Rengifo, directora encargada del centro cultural, indicó que la exhibición de las 46 obras tendrá además como actividades complementarias talleres de pintura mural y conversatorios, además de la proyección del documental César Rengifo, obra de Jesús Mújica con apoyo de Juan Plaza y Pedro Riera que pertenece a la Cinemateca Nacional.
Las pinturas pertenecen a la GAN, algunos ministerios, Banco Central de Venezuela y colecciones privadas, entre ellas las de la familia Rengifo.
“Resaltamos el trabajo hecho por el pintor, especialmente en los años setenta, esa época en la que se enfocó en registrar la pobreza del país. Fue una persona muy sensibilizada, con su teatro y pintura, por ese país en el que comenzaba ese crecimiento como ciudad. Se ve la humildad del campesino, del hombre que trabaja. Es muy naive”, dice la directora del museo.
La exposición, que tiene como curador a Félix Hernández, se lleva a cabo en la sala 2 del museo, donde se pueden ver pinturas comoHombres y flores de Galipán en el alba y La flor del hijo.
Una de las actividades externas es Rengifo en tu escuela, con la que se realizará talleres de formación y de realización de murales en varias instituciones educativas. También habrá cursos de teatro para jóvenes y personas mayores en las instalaciones de la Galería de Arte Nacional. Está previsto también que haya montajes de algunas piezas a cargo de la Compañía Nacional de Teatro.
César Rengifo. Imagen, pensamiento y acciónGalería de Arte Nacional
Martes a viernes 9:00 am a 5:00 pm
Sábado y domingo 10:00 am a 5:00 pm
www.gan.fmn.gob.ve

El agraviado se llamaba Thadée Tyszkiewicz. La demanda que introdujo en diciembre de 1853, en nombre del autor, denunciaba un arreglo que se había hecho de una obra del compositor alemán Carl Maria von Weber (1786-1826): “un enredo vocal e instrumental sin precedentes en los anales musicales de los países que había atravesado hasta la fecha”. El interés de la querella no ha perdido su vigencia: Tyszkiewicz acusaba a la Ópera de París del perjuicio causado a sus oídos. Su caso nos coloca nada menos que ante la existencia de un derecho-del-que-escucha.

Peter Szendy: la escritura de la escucha

Peter Szendy / Foto redraftingperpetualpeace.org
Peter Szendy / Foto redraftingperpetualpeace.org
“El arreglo no sería una forma de decadencia de la obra original, sino lo contrario: la escritura de una escucha, la formalización de su auge y vigencia”

El agraviado se llamaba Thadée Tyszkiewicz. La demanda que introdujo en diciembre de 1853, en nombre del autor, denunciaba un arreglo que se había hecho de una obra del compositor alemán Carl Maria von Weber (1786-1826): “un enredo vocal e instrumental sin precedentes en los anales musicales de los países que había atravesado hasta la fecha”. El interés de la querella no ha perdido su vigencia: Tyszkiewicz acusaba a la Ópera de París del perjuicio causado a sus oídos. Su caso nos coloca nada menos que ante la existencia de un derecho-del-que-escucha.
Quien escucha música, especialmente el melómano, lo hace con especial conciencia: quiere desentrañar, descifrar, atrapar el secreto de aquello que lo conmueve. Un imperativo lo impulsa a compartir con otros ese-momento-extraordinario, ese acontecimiento sonoro que, a fin de cuentas, es tan personal: el hallazgo que lo impulsa a apropiarse de cierta música (el derecho del que escucha ha derivado hacia un derecho de apropiación). Cuando intenta explicar a otro (hacer escuchar su propia escucha) experimenta la impotencia de lo que no puede transmitirse con palabras (todo melómano ha experimentado la experiencia de lo indecible).
El arreglista es quien escribe una escucha: su escucha. Aquí se origina el desafiante debate que Peter Szendy pone en juego: si el arreglo es una expresión del derecho a escuchar, especialmente cuando responde al gusto del oyente (del público), o si no es más que una versión o una distorsión o devaluación del original. Escucha. Una historia del oído melómano (Ediciones Paidós Ibérica) se desanuda en preguntas: “¿qué lugar asigna una obra musical a su oyente? ¿Cómo exige que se la escuche? (….) ¿De qué modo, por su propia construcción o arquitectura, una obra conserva en su seno posibilidades de apropiación activa, posibilidades de adaptaciones o arreglos?”.
Las respuestas a estas preguntas conducen a cuestiones que interrogan sobre el carácter de la autoría y el vínculo entre obra y escucha, o entre obra y la apropiación del oyente: la reescritura (que va desde la propia escucha, pasa por la transcripción, la adaptación y el arreglo de la obra musical); la copia, el plagio, la cita, el parafraseo y otras formas de escucha, que insisten en poner de bulto esta cuestión esencial: la escucha configura, establece una presión sobre lo que se considera ‘original’ y sobre los derechos de autor, establecidos por primera vez en el Statute of Anne, en la Inglaterra de 1710.
Szendy recapitula decenas de casos a lo largo de tres siglos, que abren las compuertas de la reflexión a las distintas variantes de la problemática de fondo: si hay ‘invención’ más allá del primer compositor de una obra; si, entre sus sucesivos arreglistas por ejemplo, hay también legítimas ‘inventio’. Pero más todavía, como nudo de su ensayo (que trae un prólogo de Jean-Luc Nancy),  el propósito que lo anima: que son las figuras del arreglo y el arreglista, los garantes, no solo de la difusión de la obra, sino de que la obra se ‘desprenda’ de su formato original y, justo por ello (no a pesar de ello) logre conservar la idea. El arreglo no sería una forma de decadencia de la obra original, sino lo contrario: la escritura de una escucha, la formalización de su auge y vigencia: “El arreglo se convierte en una ‘obra original’, que no por ello sustituye al original, sino que se deja oír al lado del original. El estatuto de arreglo que se dibuja de esta manera es difícil  de nombrar: es el de una obra, ciertamente, que parece destinada a codearse con la otra, su modelo”. Así, el original no sería sino una obra que se ofrece a una escritura, a una traducción (Szendy vuelve al pensamiento de Walter Benjamin sobre la traducción), a un arreglo, que le otorga un nuevo punto de partida y lo supera. Así, un DJ es un creador. Y los métodos de reproducción de la música, desde los cilindros hasta los formatos digitales de nuestro tiempo, elementos indisociables de la escucha moderna.

“La deshumanización propia de este estado de guerra es el escenario donde el dramaturgo Philip Ridley despliega su obra Mercury Fur, traducida al español por el novel dramaturgo Fernando Azpúrua”

Didascalia: Piel Mercurio

Piel Mercurio / Foto cortesía
Piel Mercurio / Foto cortesía
“La deshumanización propia de este estado de guerra es el escenario donde el dramaturgo Philip Ridley despliega su obra Mercury Fur, traducida al español por el novel dramaturgo Fernando Azpúrua”

Cuenta la historia que la madre de Thomas Hobbes fue víctima de ataque de pánico a causa del miedo que le provocaba la Armada Invencible española durante la guerra contra Inglaterra, lo cual le provocó las contracciones que parto. De ahí a que el gran filósofo inglés se denominara como el hijo del miedo, y en base a esta premisa creara la figura del Leviatán, símbolo de poder absoluto, el único capaz de imponer paz en medio del caos.
El estado que precede a la paz de Hobbes es el estado de guerra: los hombres defendiéndose de ellos mismos a cualquier precio, trasgrediendo la integridad de otros en pro de la propia. En otras palabras, el hombre como el lobo del hombre.
La deshumanización propia de este estado de guerra es el escenario donde el dramaturgo Philip Ridley despliega su obra Mercury Fur, traducida al español por el novel dramaturgo Fernando Azpúrua comoPiel Mercurio y dirigida por la actriz y directora Diana Volpe. La pieza cuenta la historia de Elio, el Chico Mariposa –apodado de esta forma por dedicarse al comercio de una especie de mariposas con efectos psicotrópicos– interpretado por Gabriel Agüero, que debe limpiar una casa en ruinas en compañía de su hermano Darwin –interpretado por Eliú Ramos– para una "fiesta" ordenada por el jefe Spinx, personaje encarnado por Elvis Chaveinte.
Piel Mercurio no deja espacio para el afecto: todos sus personajes están marcados por la violencia y el desarraigo; el odio hacia el mundo y hacia ellos mismos, en medio de una ciudad en ruinas donde sus habitantes se encuentran a la deriva, víctimas de la violencia y los efectos de las mariposas. Es una pieza donde el amor se manifiesta con golpes y cicatrices: te amo tanto que podría matarte, te amo tanto que podría estallar en llamas.
La pieza tiene una única locación: un apartamento a medio construir o destruir –podría ser cualquiera de las dos opciones– en un multibloque. Escombros, cajas y polvo de construcción que recuerdan a los escenarios de la película escocesa Trainspotting, introducen al espectador y lo seducen para que entre por completo en la historia. La producción y el diseño de escena se conjugan y trabajan a la perfección bajo la dirección de Volpe, cuyo principal logro es una dirección de actores donde cada uno más allá de interpretar encarna a la perfección sus respectivos personajes.
Piel Mercurio es rica en simbolismos y metáforas: en el tiempo y espacio de Ridley se habla de mariposas y no de drogas. La brutalidad y la violencia concebida por el dramaturgo expresa de forma clara y contundente lo que ocurre en un estado de barbarie, donde el hampa toma las riendas de la sociedad y el instinto de conservación propio trasgrede la integridad de los demás.
La pieza finaliza con el silencio. No hay ganadores, ni perdedores. La destrucción es inminente. El público aplaude, sale anonadado. Lo más impactante de Piel Mercurio es el planteamiento de una realidad utópica que, en la Venezuela de hoy, es cada día más probable.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Hoy en el Palacio de las Academias se bautiza el libro “Cielo, Mar y Amor” que escribe William Rodríguez Campos sobre el poeta Cruz Salmerón. El texto que aquí ofrecemos sirve de prólogo de la obra.Escritor de provincia, vate enfermo, hombre adolorido y enfrentado por la tragedia, Cruz Salmerón Acosta fue un poeta, un poeta que luchó contra el olvido y le quemó sus garras con valiosos poemas que ahora sirven de pedestal a su autor.

Cruz Salmerón Acosta, conjuro del olvido

Cruz Salmerón Acosta, poeta / Foto orienteweb.com
Cruz Salmerón Acosta, poeta / Foto orienteweb.com
Hoy en el Palacio de las Academias se bautiza el libro “Cielo, Mar y Amor” que escribe William Rodríguez Campos sobre el poeta Cruz Salmerón. El texto que aquí ofrecemos sirve de prólogo de la obra

La poesía deviene en memoria: memoria del hombre y de los hombres, del tiempo y de los tiempos. Se trata de una memoria expresada mediante artificios de la lengua y de símbolos que potencian, amplían, multiplican el significado, los significados posibles, valiéndose de asociaciones, sustituciones, equivalencias, transmutaciones. No en balde Antonio Machado la llamó “palabra en el tiempo”. La poesía constituye un no olvido, una forma de luchar contra las ruinas y la extinción de las huellas.
Lengua sagrada y, a la vez secreta, la poesía es también, por su esencia, “piedra filosofal”, alquimia, encantamiento y poder de permanencia: sonido y luz, significado y significante elevados a la categoría de cielo, de imagen de lo trascendente. Diversas tradiciones espirituales coinciden en afirmar la íntima relación entre creación y acto de nombrar, como en el “Génesis”, o que al principio era el Verbo, la Palabra, tal cual relatan san Juan en su Evangelio o los mayas quichés en el Popol-vuh. La palabra como poder de nombrar, atraer y ahuyentar, es el logos, la razón, el secreto, de la vida y la existencia. Así, la poesía, palabra en el tiempo, palabra que permanece más allá de lo circunstancial, de lo pasajero, de lo anecdótico, crea y recrea universos, el universo.
Este libro de William Rodríguez se adentra en una poesía que ha cautivado a muchos lectores, tanto por su contenido como por su expresión lingüística. Admirada y estudiada por diversos autores, la obra de Cruz Salmerón Acosta aún es, como muestran estas páginas, un venero no agotado de lecturas e interpretaciones, de gozo estético y poético, en sus sentidos más amplios.
La poesía de Acosta nos viene de una tierra de grandes poetas, de escritores que trascendieron el paisaje circundante así como las circunstancias que los hicieron a ellos como personas y como poetas y las emociones que alimentan su decir poético. Así sucede con el verbo exuberante y sonoro de Andrés Eloy Blanco, con el verbo castigado y pulido de José Antonio Ramos Sucre, con el verbo dolido de Cruz Salmerón Acosta, el poeta enfermo, pero no la poesía enferma sino llena de vida, de azulidades, de tonos, de voces y rayos que nos iluminan.
Una virtud de este trabajo que nos ofrece William Rodríguez, en la línea de la poesía como lucha contra el olvido, como resistencia a la adversidad que embiste la memoria, es reactualizar el verbo de Cruz Salmerón Acosta, evitar que el óxido y la sal del tiempo corroan el recuerdo, la presencia y significación de la poesía de Acosta en las letras venezolanas e hispanoamericanas, que su obra sea víctima de la lepra causada por la desmemoria.
La poesía, la verdadera poesía y no la impostura poética, crea y se expresa en una lengua sagrada, secreta, de honda reflexión a pesar de la imperceptible hondura que pudiera derivarse de las apariencias e impresiones de una primera o descuidada lectura.
William Rodríguez es diácono de la Iglesia Católica, investigador y escritor, profesor universitario de filosofía y amigo de la sabiduría él mismo, miembro de la Academia de la Historia del Estado Miranda. Con ese bagaje espiritual e intelectual, transita en este libro por los caminos de la historia de la literatura y los tormentosos laberintos poéticos que, como veredas multidireccionales, conducen hacia la dimensión sagrada. De esa manera el autor sitúa a un hombre que desde su casa vio, más allá del mar, de pájaros que nadaban como peces y de peces que volaban como pájaros, la tormenta desgarradora y el ocaso con sabor a madrugada y los hizo, en sus poemas, mediodía, brillo, persistencia, espuma.
Escritor de provincia, vate enfermo, hombre adolorido y enfrentado por la tragedia, Cruz Salmerón Acosta fue un poeta, un poeta que luchó contra el olvido y le quemó sus garras con valiosos poemas que ahora sirven de pedestal a su autor. Tales rasgos pueden aprehenderse de manera minuciosa y amena en las páginas de este libro, que, como silbato marinero, nos recuerda un puerto, un hombre-puerto, un poeta-puerto, imprescindible en la literatura venezolana.
Otro azul, distinto quizá al de Darío, palpita en el verbo poético de Cruz Salmerón Acosta, azul de montañas, de mar y de cielo, pero también: “triste azul de mis líricos ensueños, / que me calman los íntimos hastíos”. Como exclama el poeta, “¡color que tantas cosas me revela!”, que tantas cosas a todos nos revela. William Rodríguez recoge el dolor y la poesía de Cruz Salmerón Acosta y sintetiza y valora una escritura llamada a perdurar en el tiempo, a socavar las manos, los abominables pies del olvido, sus garras venenosas, y la muerte engendrada como omnívora bestia mitológica por el silencio, la indiferencia y el desdén.


San Antonio de los Altos (Gulima), agosto de 2015

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Nadie defiende el derecho que supone tener el delincuente a ejecutar libremente sus delitos, pero, cuando ese delincuente ya está en manos del Estado y no puede dañar al prójimo ni violar sus derechos, conserva la condición de persona como ser humano que es, y no por delincuente pierde nunca, a cuya condición van indisolublemente unidos derechos fundamentales cuyo disfrute a ningún otro ser humano dañan. Si el Estado los viola ya sea al perseguirle, apresarle o retenerle, el Estado delinque y esos derechos necesitan ser defendidos contra ese Estado convertido en delincuente.

Derechos humanos por Alejandro Moreno

La historia de los “Premios Nacionales” se desarrolla, en consecuencia, en dos períodos y dentro de dos características diferentes. De 1961 a 1969 es la etapa de Premios dentro del Salón Oficial y abarca los Premios de Pintura y Escultura. De 1971 a 1986 correspondiente a la etapa de los Premios Nacionales de Artes Plásticas creados en 1971 bajo la responsabilidad del instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, primero, y el Consejo Nacional de Cultura, inmediatamente después, actualmente Ministerio del Poder Popular para la Cultura

Premio Nacional de Artes Plásticas de Venezuela

El Premio Nacional de Artes Plásticas de Venezuela es un galardón anual entregado a diversos artistas plásticos de ese país, específicamente el el campo del dibujo, grabado y trazado pictórico. Es uno de los Premios Nacionales de Cultura.
Su galardón se entrega continuamente desde 1947. En 1952 se detuvo su entrega por espacio de 19 años, reanudándose en 1971. La concesión del premio se hizo de manera anual desde su primera edición hasta 2001, cuando tomó una frecuencia bienal. Una excepción a esta regla fue la del 2003, cuando se esperó tres años para conferir el siguiente premio, y luego retornar a su entrega bienal.

Historia del Premio Nacional de Artes Plásticas

Los Premios Oficiales fueron creados simultáneamente con el Salón Oficial Anual de Arte Venezolano en 1940. Comprendían las especialidades de Pintura, Escultura, Artes Aplicadas y Premio Especial al Mérito para estudiantes de Artes Plásticas. En 1947 el Ministerio de Educación Nacional crea una nueva distinción, también dentro del Salón, que se va a denominar Premio Nacional de Artes Plásticas y se entrega paralelamente a los Premios Oficiales.
En 1953 son eliminados los Premios Especiales de Mérito y el Premio Nacional de Artes Plásticas. Por eso los antiguos Premios Oficiales quedan instituidos hasta el final de los Salones, en 1969, de la siguiente manera, con las variantes señaladas; Premio Nacional de Pintura, Premio Nacional de Escultura, Premio Nacional de Artes Aplicadas, Premio Nacional de Dibujo y Grabado (desde 1959 hasta 1968), Premio Nacional de Dibujo (1968 y 1969), Premio Nacional de Grabado (1968 y 1969).
Con la conclusión del Salón Oficial, en 1970 no se otorgan Premios Nacionales. Por resolución de Instituto Nacional de Cultura y Bella Artes (Inciba) de fecha 15 de julio de 1971, se crea y reglamenta el Premio Nacional de Artes Plásticas. Es necesario aclarar que ya no se trata, como los Premios Oficiales y Nacionales, de un premio a una o más obras concursantes en un Salón, sino de una recompensa otorgada a un artista venezolano “en consideración a la importancia de su obra dentro de las Artes Plásticas, o a un artista extranjero, también en consideración a la importancia de su obra realizada en el país…”.
El reglamento del Premio, aun con modificaciones substanciales ulteriores, fue siempre ambiguo. Por una parte, establecía que “están excluidos para esta recompensa todos los artistas venezolanos o extranjeros galardonados con los Premios Oficiales y Nacionales, en cualquiera de las especialidades de Pintura, Escultura, Dibujo, Grabado y Artes Aplicadas. Sin embargo, podrán optar a este Premio en otro género artístico que no fuera aquél en el cual fueron galardonados anteriormente”. Basado en este último criterio, es de pensar que los jurados deciden dar una interpretación más amplia al Premio Nacional de Artes Plásticas, y otorgarlo en función de los aportes de un artista a través de su trayectoria creadora, concepto diferente al de “concurso” para obras específicas, que había sido aplicado en los Salones Oficiales. Dentro de esta interpretación, y basado en el “aparte único”, los Premios Nacionales de Artes Plásticas desde 1984 son atribuidos a artistas que habían figurado en los palmarés del Salón, como Jesús Soto y Héctor Poleo. Una nueva visión se abre en adelante para el otorgamiento del Premio, más amplio por una parte, más justa por la otra, ya que considera la evolución del artista en el tiempo y la importancia histórica de sus contribuciones.
La historia de los “Premios Nacionales” se desarrolla, en consecuencia, en dos períodos y dentro de dos características diferentes. De 1961 a 1969 es la etapa de Premios dentro del Salón Oficial y abarca los Premios de Pintura y Escultura. De 1971 a 1986 correspondiente a la etapa de los Premios Nacionales de Artes Plásticas creados en 1971 bajo la responsabilidad del instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, primero, y el Consejo Nacional de Cultura, inmediatamente después, actualmente Ministerio del Poder Popular para la Cultura
Desde 1940, la organización del premio ha sido responsabilidad de varias instituciones: Ministerio de Educación, el INCIBA y el CONAC. A partir del 2007, es uno de los compromisos de la Fundación Casa del Artista.
En 73 años el galardón ha sido otorgado a 378 artistas. Actualmente, se premian las siguientes 11 disciplinas: Arquitectura, Artes Plásticas, Cine, Saberes Tradicionales, Danza, Fotografía, Humanidades, Literatura, Música, Teatro y Artesanía.

Todas y todos pueden postular y ser postulados.


El actor venezolano Carlos Márquez fue honrado con el Premio Nacional de Teatro, según decisión del jurado conformado por Román Chalbaud, Bruno Mateo y Nicolás Curiel.

Premio Nacional de Teatro para Carlos Márquez

El galardón reconoce la trayectoria del veterano actor, de casi 90 años de edad.

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Carlos Márquez, hombre de actuación (Edsaú Olivares/Archivo)
EL UNIVERSAL
martes 3 de noviembre de 2015  03:32 PM
El actor venezolano Carlos Márquez fue honrado con el Premio Nacional de Teatro, según decisión del jurado conformado por Román Chalbaud, Bruno Mateo y Nicolás Curiel.

El galardón reconoce la trayectoria del artista, quien celebrará sus 90 años de vida el venidero 19 de abril de 2016.

Márquez es un actor consolidado, que ha mostrado su talento tanto en cine como en televisión y sobre las tablas, donde justamente se ha desempeñado en los últimos tiempos.

Hace dos años, Márquez anunció su retiro. Sin embargo, pudo más la pasión por el arte, y hoy en día se sigue sintiendo con fuerzas y ánimos para abordar personajes y textos.

Carlos Márquez: “Siempre le he sido fiel al teatro”

El intérprete volverá a montar en febrero el monólogo «Un hombre de otros tiempos» | FOTO MANUEL SARDÁ
El intérprete volverá a montar en febrero el monólogo «Un hombre de otros tiempos» | FOTO MANUEL SARDÁ
Cumplirá 90 años en abril, pero su memoria y actividad profesional no se agotan. El intérprete fue reconocido por su disciplina y constancia
Su café, pequeño y oscuro, está servido en la mesa. Pero él no lo endulza. “Azúcar soy, si no me vuelvo un melao”, dice y ríe. Con sus ojos acuosos que sobresalen entre los pliegues de su piel, Carlos Márquez recorre su pasado en la escena teatral.
El actor, que el próximo 19 de abril cumplirá 90 años de edad, fue el ganador del Premio Nacional de Teatro 2012-2014. El jurado –integrado por Nicolás Curiel, Román Chalbaud y Alexis Alvarado– decidió otorgárselo por la entrega, talento y disciplina con la que ha abordado la profesión.
—¿Qué momentos lo marcaron en sus inicios?
—Fue muy importante mi estreno profesional Muerto sin sepultura, de Jean Paul Sartre. También recuerdo la primera vez que me ovacionaron, fue en la última escena de Lluvia, de Somerset Maugham. No esperaba recibir un aplauso, porque yo era un desconocido total.
—¿Qué le dejaron sus años junto a Juana Sujo?
—De todo. Fue maravilloso haberme encontrado con ella. Nos quisimos mucho desde el primer día hasta el último, cuando vi que el médico le cerraba los ojos en la clínica. Haberla tenido a ella era como estar en el cielo y haberla perdido fue como caer en un precipicio inmenso. Pero me repuse, como otras veces. He tenido grandes caídas y me he levantado y seguido. Siempre le he sido fiel al teatro. Aun en los momentos de esplendor en la televisión, que me sirvieron para vivir decentemente, yo hacía teatro.
—¿Por qué nunca ha dejado las tablas?
—Porque es innato. No podría ser de otra manera. Me gusta subirme al escenario y hacer buenos textos, sentir la respiración del espectador que comparte conmigo cada escena, cada emoción.
—¿Se arrepiente de algo?
—No. Al principio quizás sí. Pero con los años me doy cuenta de que todo lo que sucede tiene que ser. Pero si uno no comete el mal no sabe después lo que es el bien.
—Después de Inolvidables, su montaje de despedida, ¿sigue activo en la escena?
—No me he retirado. Rajatabla me invitó para reponer Un hombre de otros tiempos, un monólogo que José Antonio Real me escribió. Y aprovecharé para llevarla al Festival de Teatro de Caracas.
—¿Cómo llega a los 90 años sin cansarse?
—Hago un ejercicio mental todos los días: repaso textos de las obras. Eso me mantiene la mente despierta. Lo único que no estoy haciendo es caminar. Pero debo hacerlo, porque un actor tiene que mantener activos los músculos, practicar la respiración.
—¿Cómo le gustaría ser recordado?
—Como un trabajador del teatro. Se logran las cosas al final, después de trabajar, de persistir.
—¿Cree que los grandes exponentes de la cultura tienen el reconocimiento que se merecen?
—Todavía no hemos logrado eso. Pero todo está por hacerse y ojalá pudiera formar parte de algún proyecto para reformar el teatro: darle continuidad a los espectáculos, que existan temporadas largas. Ese fue el gran empeño de Juana Sujo y yo me siento un seguidor de ella.
—¿Es optimista sobre el futuro del teatro?
—Sí. Yo creo que son crisis. Como todo: llueve y escampa, sube y baja la marea, diástole y sístole. Las crisis son normales. Uno a veces se siente decaído y al otro día está tan feliz que parece el dueño del mundo. Lo vas aprendiendo con los años.