Yo soy

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martes, 4 de agosto de 2015

‘Los círculos concéntricos’ de Carlos Patiño, ganador del 70mo Concurso de Cuentos de El Nacional Por Material cedido a Prodavinci | 3 de agosto, 2015

A continuación compartimos con los lectores de Prodavinci el cuento Los círculos concéntricos, ganador de la 70ma edición del Concurso de Cuentos de El Nacional, que fue gentilmente cedido por el autor.

Los círculos concéntricos; por Carlos Patiño
Yo sentí el horror de los espejos
No sólo ante el cristal impenetrable
Donde acaba y empieza, inhabitable,
Un imposible espacio de reflejos.
(Los espejos, Jorge Luis Borges)
Si así fue, así pudo ser; si así fuera, así podría ser; pero como no es, no es.
(Lewis Carroll, autor de A Través del Espejo)
En la última página del San Cono de mi abuela hallé el extracto del Libro de los Muertos. Era la hoja arrancada de una versión latina de 1607, transcrita al español y oculta por años en la biblioteca del poeta Cruz Salmerón Acosta. Aquél fragmento del capítulo treinta y cinco denominado Oculus, era, al mismo tiempo, la puerta de acceso al Más Allá y el secreto para ganar a la lotería.
Había regresado a la península de Araya por la venta y demolición de la casa. Como abogado, me correspondía poner todo en orden y dar a cada uno lo suyo (véase Ulpiano). La muerte de Munda, nuestra mater familiae, trastocó el frágil equilibrio del universo Menard.
En vida, superó la pobreza apostando a la lotería. Mi ludopatía nació admirando su prodigio. Mujer del hijo bastardo del hermano del poeta, debió bregar sola mientras el hombre se reproducía en cientos de hijos ilegítimos[1]. Del marido ausente heredó los espejos circulares y la página suelta del Necronomicón.
Recuerdo que de niño me enviaba a las casas de apuestas a jugar terminales y triples, combinaciones numéricas y zoológicas, y a cobrarle las ganancias al día siguiente. Al verificar los documentos y bienes por motivo de la herencia, supe que ganó más de un millón de dólares en casas de juego de todo el país. Sólo el cáncer la detuvo.
Crecí intentando descifrar sus secretos. Ya en la universidad, las apuestas consumían la mesada que me enviaban mis padres y debía, como todos, recurrir a ella por un “préstamo”. Fui estudiante de derecho, pero también astrólogo, tarotista, estadístico y filósofo autodidacta (quise encontrar la verdad como en el Hayy ibn Yaqdhan de Ibn Tufail). Endeudado por la compra masiva de billetes, inventé nuevas fórmulas aritméticas y sistematicé todas las combinaciones factibles que doblegaran al azar.
En mi primer año de graduado, en vez de patear tribunales, levanté una estadística de los números ganadores de la lotería nacional para no jugarlos, por simple lógica de probabilidades de que no repetirían. Descarté ese razonamiento de inmediato porque mi estudio demostró la existencia de combinaciones recurrentes; un fantasma en la máquina. Los patrones de las series premiadas favorecían mayoritariamente a dos números impares y a uno par intercalado. Así, pude dar con los tres números más sorteados de los últimos veinticuatro meses y armar mi triple ganador: el 325. Me propuse jugar ese mismo número durante los siguientes trecientos veinticinco días con la certeza de mi éxito. Terminé en la ruina.
Era imposible que a mi abuela se le revelaran los números en sueños, efemérides, caricaturas del periódico o en la superstición de que un vendedor determinado empavara su racha. Jamás di con su método (véase Descartes). No hasta después de velarla entre los rezos católicos y los cánticos budistas que irremediablemente separan a los Menard.
Vender su casa fue algo en lo que nunca estuve de acuerdo; sin embargo, la mayoría se impuso y debí regresar al pueblo a recoger los últimos enseres antes de que fuera demolida para convertirse en un pintoresco supermercado de pueblo.
Tomé un vuelo a Cumaná y desde allí me trasladé en bote, atravesando el golfo hasta la costa donde fueron esparcidas sus cenizas. Desde la embarcación pude respirar la cálida brisa, mientras surcaba las aguas negroazuladas que bordean colinas fracturadas como restos fósiles. Divisé el castillo en ruinas, el desierto amarillo hendido de cicatrices, las rosadas lagunas con súbitas montañas de sal.
Arribé al siempre concurrido muelle. Saludé a algún conocido y eché a andar bajo el sol de mediodía. En el agreste camino divisé viviendas precarias con ojos curiosos tras las puertas, niños sin camisa exhibiendo miseria, botellas de cerveza vacías como rastros del quehacer cotidiano, y siete chivos bebiendo agua en pozos estancados.
La casa Menard estaba apartada, a pocos metros de la playa. Su sombra rectangular se proyectaba en el muro amarillo que la cercaba. Al llegar, abrí la oxidada verja y me sostuve de una palmera del patio, exhausto y fundido por el calor. Mi lengua humedecía el salitre reseco en mis labios.
Solté mi bolso dejándolo caer al piso de cemento y me quedé viendo el cielo sin nubes, retrasando la oscuridad que profanaría al penetrar su puerta roída y sus paredes desconchadas de color indescifrable.
Mi abuela tenía un apartamento en Caracas y otro en Cumaná, así que era poco lo que podía rescatarse. Mis tíos se habían llevado o regalado el mobiliario y sólo quedaban utensilios rotos y un portarretrato con su foto que alguien olvidó. Habían cortado la luz y el agua, por lo que debía devolverme en el último bote de la tarde. Pero no fue así.
Revisé la sala y la cocina, corrí cortinas e inhale el polvo de los dos cuartos principales, dejando de último el que estaba al final del corredor. Ese que era casi un depósito.
Hallé ropa vieja, colchones destajados, objetos inservibles y una docena de cajas mohosas. Descubrí tras un escaparate de madera carcomida, ocultos bajo una sábana, dos espejos redondos idénticos. Junto a estos había una caja casi vacía que sobre el cartón tenía escrito en marcador negro “libros del tío Cruz Salmerón”. Allí estaba el San Cono, libro de los sueños de Munda, y dentro de él, el manuscrito del conjuro.
Ella comentó una vez que esos espejos pertenecían a la casita de retiro del bardo en la cual se ocultó quince años mientras lo consumía la lepra; en la época en que el pueblo era apenas una aldea de pescadores subyugada por la dictadura del general Gómez (Véase La casa de agua). El poeta del martirio sostenía la pluma con su mano descarnada mientras miraba su deforme y lacerado reflejo multiplicarse en ambas paredes.
En una noche solitaria cualquiera, al mirar con amargura su facies leonina, hubo de pasar al otro lado. ¿Cómo si no explicar el hecho sobrenatural de su famosa predicción, vaticinando que a partir del día y hora de su muerte llovería por semanas luego de un año de sequía que estaba matando a los pobladores?
Luego supe que los espejos enmarcados en oro y con el talle de un ojo como único ornamento, llegaron con los soldados españoles que ocuparon el castillo de la Real Fortaleza de Santiago de Araya en 1626 para defender las valiosas salinas de incursiones holandesas; se cree que traídos por el conquistador catalán Joan Orpí i del Pou. No es de extrañar que al pasar los años fueran adquiridos por la familia del escritor, una de las más ricas de la península.
Y por algún giro impredecible, la humilde Munda Menard, sufrida mujer del sobrino natural de Cruz Salmerón Acosta, encontró las instrucciones para hacer funcionar los arcanos.
Tomé el San Cono y retiré la hoja suelta del libro de los muertos. El ritual del Oculus extraído delNecronomicón y que permite pasar de dimensión para dominar las claves de la clarividencia, estaba escrito con sangre humana. Confirmé que tal como asegura Borges, todos los libros existen.[2]
Organicé el rito antes de la caída del sol. Saqué los cachivaches del cuarto mientras el eco de mi tos alérgica rebotaba en las paredes. Para la medianoche, sólo la tenue luz de un velón blanco alumbraba la habitación proyectando móviles sombras. Ubiqué los espejos circulares uno frente al otro, contrapuestos con un espacio suficiente para ponerme en el medio y mirar el reflejo de mi imagen que se distorsionaba en secuencias infinitas. Sentado desnudo entre los dos espejos, yo era el centro de los círculos concéntricos. El reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo del reflejo de mi reflejo.
Eran los círculos del infierno (véase Dante). Fijé la mirada por varios minutos. Mi rostro fragmentado recordaba el de un demonio. Luego desaparecieron las formas, y el inesperado apagón de la vela me dejó huérfano en la oscuridad más fría que pueda soportar un ser humano. Cuando mis ojos distinguieron las sombras, ya me encontraba al otro lado del espejo.
El otro lado es un laberinto. La niebla limitó mi visión y hube de guiarme por el susurro de los Antiguos, avanzando con la piel hecha jirones y calada por el frío. Era elemental que en mi condición de zurdo debía girar siempre a la izquierda para no perderme en sus bifurcaciones infinitas. Tanteaba lo que creí eran paredes rocosas hasta caer en cuenta del tacto poroso de estructura ósea. El laberinto era una pila milenaria de huesos soldados entre sí. Recorrí sus senderos curvos, dando vueltas y vueltas con el vigor de un anciano al que le pesa el cuerpo, hasta llegar a su centro. Allí, en ese medio perfecto, me esperaba sentada en una mecedora. Conservaba su mirada penetrante y luminosa como lunas incrustadas en su tez morena. Fumaba la colilla de un cigarro invertido apretando los labios semiocultos que sostenían el fuego dentro de su boca. Expulsó el humo por la nariz en una espiral de hilillos fugaces. Me señaló con sus dedos torcidos por la artritis.
—Al fin.
—Te vi morir abuela.
—¿Qué es una familia sin un dolor?
—Dime ¿Cómo puedo ganar?
—¿Qué es una familia sin un secreto?
—¡Dímelo!
—Tus métodos son necios. Tienes que creer. Rézale a San Cono conmigo: Speculum, speculum, San Cono de Teggiano, santo de temprana muerte y devoción ardiente, haz que los misteriosos hilos del azar se tejan para mí. Amén.
—Sabía que tus números no podían provenir de sueños.
—¿Y cómo sabes que no estás soñando? ¿Acaso no te dormiste frente al espejo? Cuando vuelvas, verás el triple ganador entre las noticias del periódico, en la disposición de los vegetales en tu comida, en una hilera de dientes y hasta en la mierda del perro callejero que ronda la plaza. ¿Verdad que sí, Cruz María?
Oí su voz o el eco de su extinta voz que respondía:
—Yo fui Quijote por algunos años.
Cuando volví en mí, ya había amanecido. Cubrí los espejos, guardé el San Cono y el manuscrito en el bolso, y corrí hasta el muelle. El número del ticket para abordar la embarcación era el 325, el mismo de mi perdición temprana. Debía actuar con rapidez, jugar ese número, cobrar el dinero y detener la venta de la casa. Esa noche desbanqué todas las agencias de apuestas. Era rico.
Entonces me sobrevino el terror de perder los espejos. Urgía resguardarlos en caso de no poder impedir la transacción. Aunque en realidad lo que tenía era necesidad de entrar de nuevo; sentir la inexplicable gracia del limbo. Y en medio del sorpresivo pánico, comencé a toser. Tosí y tosí sintiendo el desgarro interno de mis órganos. Me ahogué en mi flema y las arcadas culminaron en un vómito sanguinolento. Era el precio de lo profano.
Mi abuela nunca imaginó que el resto del libro advertía sobre el uso irresponsable de las fórmulas y sortilegios. Yo lo deduje. De ahí que el cáncer la fuera minando prematuramente. En el caso del poeta comprendí que la enfermedad no lo llevó a conocer el portal sino que primero descubrió el conjuro y de ahí devino su lepra. Almas penitentes atrapadas en el espejo. Y ahora mi tuberculosis. Era la muerte cíclica, la condena por descubrir lo que está vedado a los hombres.
Esta vez no regresé a Araya como un pasajero más sino que renté una lancha privada para llevarme de noche los espejos dimensionales. Pero sentí el llamado. Debía traspasar el umbral antes de irme. Entré de incógnito a la casa e improvisé una nueva expedición al laberinto. Y esta vez me perdí adentro.
Rodé y rodé por escaleras circulares infestadas de serpientes ovilladas. Frené frente a la puerta negra tras la cual se halla el mar bajo el castillo que oculta la ciudad de R´Lieh donde mora el dios primigenio Cthulu (véase Lovecraft). Escuché el hambriento succionar de ventosas cuya baba goteaba por sus tentáculos y gelatinosas alas. Me alejé del monstruo y su hedor a limo hasta desfallecer en medio de una nevada. Pasaron horas. Alcé la vista desde el suelo osificado y miré a través del laberinto; tenía al frente una pared acuosa que daba al otro lado del espejo desde la visión de otro espejo.
Pude ver la casa desde afuera y una máquina retroexcavadora (véase Caterpillar), dispuesta a demolerla conmigo adentro. Me arrastré impulsado por el miedo y los espasmos de la tos. Divisé la primera embestida de la máquina contra la pared del patio. El estruendo y el temblor reverberaron amplificados en el infierno frío del laberinto.
Las terribles y milenarias voces de los muertos se encimaron como un pesado lastre que me impedía escapar. El siguiente impacto hizo desplomarse el muro y darle paso a la pala demoledora. Una grieta zigzagueó por la pared de espejo filtrando haces de luz que entibiaron mi hipotérmico cuerpo. Ahora el ruido era el de millones de insectos que aguijoneaban mis oídos. Otro muro cayó y el cristal estalló de repente haciendo volar ráfagas de mortales astillas. Atravesé el umbral de los espejos rotos pero aún me encontraba en la sísmica casa que sobre mí caía en pedazos.
Casi oculta por los escombros vi la página suelta bajo el retrato de Munda. Me lancé sobre ambos, apretándolos contra mi asmático pecho. Desnudo, corrí al exterior con mi último y desesperado aliento, ahora apuñaleado por el calor y las heridas de mis pies sangrantes. Vi la garra de hierro acercarse destrozando todo a su paso como un tanque de guerra; arrancando puertas, ventanas y recuerdos. De las losas partidas del piso comenzaron a brotar chorros de agua salada que rápidamente cubrieron mis ardidas piernas hasta las rodillas. La tormenta de polvo y humedad me escoltó hasta la salida, mientras a mi espalda, un remolino se tragaba los restos de la casa.
***
[1] Por eso los Menard, estirpe de madres solteras y varones sátiros, llevamos el apellido materno (y también porque era una época de radionovelas y melodramas).
[2] Eso no fue lo que literalmente expresó Borges pero así lo recordé en ese momento. Él afirmó que basta que un libro sea posible para que exista (véase La biblioteca de Babel). Por lo que el resultado es el mismo, el Necronomicón existe, todos saben que fue escrito por Alhazread y revelado por H.P. Lovecraft. Incluso inicia su relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius con la frase: Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. Más aún, es probable que Borges haga referencia a Lovecraft en su obra, pero mi edición de Ficciones tiene 2 páginas arrancadas.

domingo, 2 de agosto de 2015

Sobran las explicaciones en la historia sobre el sentido de muchos de los análisis hechos por Andrés Bello en la “Gramática”. Algunas tesis apoyan que los motivos de su escritura fueron más que generar una conciencia de identidad hacer del texto un elemento civilizatorio. María Celina Núñez estudia detenidamente este libro con todos sus aportes teóricos –alejados de la usual práctica de la gramática– e históricos –ligados a la nueva filosofía empirista, pero no sin cierta presencia racionalista

La Gramática de Bello. El tránsito a la modernidad

Andrés Bello / cortesía
Andrés Bello / cortesía
Sobran las explicaciones en la historia sobre el sentido de muchos de los análisis hechos por Andrés Bello en la “Gramática”. Algunas tesis apoyan que los motivos de su escritura fueron más que generar una conciencia de identidad hacer del texto un elemento civilizatorio. María Celina Núñez estudia detenidamente este libro con todos sus aportes teóricos –alejados de la usual práctica de la gramática– e históricos –ligados a la nueva filosofía empirista, pero no sin cierta presencia racionalista

Racionalismo y Empirismo
La Gramática de Andrés Bello, publicada en Chile en 1847 es la culminación de un trabajo sobre el lenguaje que tiene dos antecedentes importantes, la Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana –en el siglo XIX la palabra análisis era de génesis femenino– escrita en Caracas hacia 1810 pero publicada en Chile con prólogo de 1841; y el artículo “Gramática castellana” de 1832. Los múltiples estudios sobre la Gramática pueden agruparse en dos tendencias básicas: las que vinculan la obra a la filosofía racionalista, y las que la ven como una expresión de modernidad debido a la preeminencia del empirismo.
Amado Alonso, autor de la introducción de la edición aniversaria de 1972 realizada por el Ministerio de Educación que todos manejamos y que cuenta también con las notas de Rufino José Cuervo, repara –sin negar los rastros racionalistas de la obra– en aquellos aspectos que la aproximan a la lingüística actual: las afirmaciones que hace Bello en el prólogo sobre la arbitrariedad del lenguaje (que rompe totalmente con el paralelismo lógico-idiomático racionalista); el reconocimiento de la historicidad de cada lengua: cómo cada una tiene leyes diversas de evolución; la diferenciación entre sincronía (estudio actual del idioma) y diacronía (análisis de su proceso histórico).

Los siglos XVIII y XIX son considerados claves en la historia de la lingüística. De un modo general, puede decirse que en el siglo XVIII hay una prevalencia de la “episteme” racionalista, para usar el término de Michel Foucault en Las palabras y las cosas, y en el siguiente un predominio del empirismo. El racionalismo, cuya más clara expresión fue la escuela francesa de Port-Royal se fundaba en un paralelismo lógico idiomático: la lengua no se regía por leyes propias sino que obedecía a la lógica del pensamiento: todas las lenguas están ordenadas por las mismas leyes de pensamiento -que son únicas-; y, por tanto, todas las lenguas se organizan según categorías gramaticales universales. Este será, de hecho, el criterio de comparación entre las lenguas. Siguiendo con Foucault, esto implicaba que el signo lingüístico era siempre “representación” de la realidad. Hay, por lo tanto, como indica Willburg Urban “confianza en la palabra”.
Pero hacia finales del XVIII, con el advenimiento de la filosofía empirista, esta confianza comienza a resquebrajarse. La valoración del dato sensorial cuestiona la posibilidad de la palabra para nombrar lo no sensorial. Se trata, para Foucault, de una nueva episteme en la que el signo lingüístico ha perdido su capacidad de representación. Las lenguas son vistas como estructuras con leyes internas propias; lo que da al traste con la noción de universalidad. Todo esto significa que una vez que el lenguaje deja de ser representación –que las palabras ya no remiten inequívocamente a las cosas–, aparece la noción de heterogeneidad de los sistemas gramaticales y de las leyes que determinan el cambio en cada uno de esos sistemas. Esto es muy importante porque la lingüística como disciplina adquiere el sentido de historia, pues cada sistema está afectado por una historicidad interna propia.
Una muestra de esto es el nuevo tratamiento del verbo ser. Para la concepción racionalista este verbo era, fundamentalmente, la afirmación de la existencia; remitida, por lo tanto, a una realidad exterior. El verbo “ser” era el principal y estaba implícito en todos los demás verbos que eran la suma de la cópula más el atributo.
Para la lingüística empirista, en cambio, el verbo ser es igual a todos los demás, pues su definición no descansa en criterios ontológicos (esenciales) sino funcionales. Así, la antigua división tripartita de la oración (sujeto, cópula, predicado) es sustituida por la bipartita (sujeto y predicado) y ya no se considera el verbo ser como constitutivo de cada verbo.
Una lectura de la Gramática permite la detección de ambas epistemes aunque no siempre en la misma proporción. Es claro que el paso de una a otra no se produce de un día para otro y por ello los discursos culturales, al reflejar ese proceso, pueden evidenciar una confluencia. Pese a ello, nuestra apreciación es que el valor de la Gramática radica en sus aportes históricos, en este caso ligados a la nueva filosofía empirista. En ellos haremos hincapié.
Luego de estudiar a una serie de autores (Velleman, Alonso, Ardao, Yllera, García Bacca, Olza, etc.) podría pensarse en una evolución desde la gramática general (fundamentalmente expresada en la Análisis) hasta concepciones mucho más modernas manifiestas ya en su artículo “Gramática castellana” de 1832, profundizadas en laGramática. Pero una aproximación cuidadosa a la obra en su conjunto muestra que la Análisis no carece de elementos de modernidad y, a la vez, que la Gramática contiene cierta presencia racionalista.
Al leer la Análisis, el apartado titulado “Del verbo” se pronuncia en contra de la noción tripartita de la oración.
Encontramos aquí una posición teórica vecina a la de la Gramática en la que se pronuncia así: “La filosofía de la gramática la reduciría yo a representar el uso bajo las formas más comprensivas y simples”.
Otro aspecto interesante es la definición del infinitivo que ofrece la Análisis: “El infinitivo es sustantivo porque ejerce todos los oficios de la sustantivo”. Se trata de una definición estrictamente sintagmática que atiende a criterios de función y no ontológicos como era característico de los postulado logicistas de Port-Royal.
De nuevo aparece el criterio del uso como norma de definición, cuando el autor señala que “si amaré es indicativo, indicativo es también amaría, pues lo usamos en circunstancias análogas...”, muestra, además un alejamiento de la práctica de la gramática general que se apoyaba en categorías latinas para el estudio de todos los idiomas, pues en latín “amaría” es subjuntivo.
La Gramática
Según el norteamericano Barry Velleman, la influencia empirista coincide con los años londinenses de Bello, en los que tuvo acceso –entre otras cosas– al método de la ciencia experimental que privilegiaba la observación del dato concreto, y a la presencia en esa ciudad de emigrados españoles como Puigblanch y Salvá (este último, autor de una gramática que puede ser considerada como la antecesora de la de Bello). Por su parte,
García Bacca atribuye el interés por Bello al estudio objetivo del lenguaje y de sus estructuras gramaticales a la influencia de la lógica escotista recibida en sus años universitarios de Caracas.
Desde el punto de vista teórico, la modernidad de Bello reside en su definición que hace de la lengua en el prólogo: “El habla de un pueblo es un sistema artificial de signos, que bajo muchos aspectos se diferencia de los otros sistemas de la misma especie: de que se sigue que cada lengua tiene su teoría particular, su gramática”.
Otros aspectos importantes, desarrollados en el prólogo, son la noción de que la lengua es un sistema donde los elementos se definen por la función que cumplen: “Una lengua es como un cuerpo viviente: su vitalidad no consiste en la constante identidad de elementos, sino en la regular uniformidad de las funciones que estos ejercen, y de que proceden la forma y la índole que distinguen al todo”.
En concordancia con esto, está el criterio sintagmático que define las partes de la oración. Así, por ejemplo, no considera al pronombre como una parte de la oración puesto que “si ejerce las funciones de un nombre es, por lo tanto, un nombre”.
Es importante resaltar el énfasis en el uso: “Acepto las prácticas como la lengua las presenta; sin imaginarias elipsis, sin otras explicaciones que las que se reducen a ilustrar el uso por el uso”.
Así como la concepción de una teoría gramatical que se aleje de lo especulativo y que facilite la comprensión de los hechos: “La filosofía de la gramática la reduciría yo a representar el uso bajo las fórmulas más comprensivas y simples”.
Como ha señalado Emma Gregores (profesora de la Universidad Nacional de la Plata, Argentina), la trascendencia de la Gramática de Bello se debe a su extraordinario valor descriptivo. Y añadiríamos nosotros que también a sus aportes teóricos, ya que, como muestran Velleman y Alonso, es un adelantado a su época en lo concerniente a la concepción de la lengua y de la gramática, ambos autores encuentran numerosos puntos de contactos con el estructuralismo –que coinciden básicamente con los aspectos arriba mencionados–. En este sentido es pertinente lo que señala Jesús Olza, profesor de la UCAB y especialista en Bello en “El trazado científico de la Gramática de Bello”:
El progreso de la ciencia gramatical va ligado al progreso del lenguaje explicativo del metalenguaje: cuanto mejor se adecúe el metalenguaje al lenguaje objeto, tanto mejor será la gramática. En gramática todo progreso científico es un proceso metalingüístico.

Bello dedicó gran parte del prólogo y de las notas de la Gramática a explicar las características más notables y más originales de su gramática como obra científica. Insiste en que el progreso de la gramática viene dado por el progreso en la formulación de la teoría propia de cada lengua concreta. Y la teoría de una lengua no puede darse sino empleando una nomenclatura apropiada, definiendo con exactitud y haciendo las clasificaciones oportunas.
Bello tiene una conciencia clara de cada lengua como un sistema autónomo y diferente de los otros de su especie en virtud de su estructura, de su gramática. Aquí radica la modernidad de Bello. Pero no es posible calibrar su obra sin atender a la huella empirista. Bello es un hijo de su tiempo que cabalgó sobre dos filosofías contrapuestas. La genialidad consiste justamente en saber aprovechar ese bagaje cultural contradictorio para hacer una síntesis y crear algo nuevo. Es incuestionable que Bello lo hace.

La interpretación racionalista
Existen tres aspectos fundamentales –entre otros– que han dado lugar a una interpretación racionalista de la Gramática y pueden resumirse así:
  1. La afirmación de Bello en el prólogo de la existencia de ciertas leyes generales del pensamiento que dominan todas las lenguas y serían la base de una gramática universal.
Arturo Ardao ve en esta afirmación una aceptación total del paralelismo lógico idiomático de Port-Royal. Amado Alonso observa la aceptación de una estructura que, una vez admitida, desechó para no usar. García Bacca opina que se trata del fundamento del que partió Bello por lo que no la minimiza a diferencia de Alonso.
  1. Hay consenso en torno a la filiación racionalista del sistema verbal de Bello. Ardao y Alonso sostienen este punto que García Bacca no menciona. Pero de nuevo, las conclusiones varían. Mientras que para Ardao se trata de una prueba más de la concepción racionalista de Bello, para Alonso se trata del resultado de su formación juvenil que constituyó tan solo una influencia parcial de la obra como conjunto.
  2. La concepción del pronombre que maneja Bello –y que siempre se ha tomado como ejemplo de su visión sintagmática y funcional de la gramática– concuerda con la definición racionalista de la gramática general.
Esto muestra, sin duda que el racionalismo hace una parte muy importante no solo en la formación, sino también en los resultados de la obra gramatical de Andrés Bello. Si bien este artículo ha dado preferencia al empirismo en su obra, es innegable que una comprensión cabal de esta debe atender a la presencia de ambas epistemes.

El papel fundacional: para uso de los americanos
Beatriz González Stephan (“Las disciplinas escriturarias de la patria: Constituciones, Gramáticas y Manuales”. En Estudios, No 5) ha señalado que en el siglo XIX la Gramática como “disciplina escrituraria de la patria”, perseguía un objetivo civilizatorio porque la “estabilización lingüística” permitía el logro de un objetivo civilizatorio: hacía posible la propagación de la ley (Constituyentes) y articulaba las diferentes regiones nacionales en virtud de una norma común. Si la gramática buscaba fundar una lengua común para fortalecer la identidad nacional tanto en el espacio de la esfera pública como en el de la privada; también, en tanto sistema, servía de base para la edificación de un sistema secundario –la literatura. Así, la preocupación lingüística tenía un segundo objetivo. Como ha dicho Julio Ramos, la gramática sería un freno para la oralidad que, se creía, amenazaba la unidad lingüística del continente. Y, por otro lado, las letras regularían una lengua nacional. Así se entiende mejor el alcance de la defensa del “uso” del lenguaje por parte de Bello, siempre que se adecuara a la práctica de la gente educada.

El primer humanista de América
Por Jesús Sanoja Hernández
Para no volver más, Bello partió en misión de patria el 10 de junio de 1810. Lo acompañaban López Méndez y Bolívar. Serían tres protagonistas del drama venezolano desatado el 19 de abril. López Méndez regresó y cumplió más tarde misiones diplomáticas. Bolívar regresó para no cejar en el combate por la independencia. Bello no regresó: se quedó en Londres, diecinueve años de investigación fecunda y reflexiones de vario propósito. No faltaron los reproches por su autodestierro, tal como se le hicieron a José María Vargas por haberse asentado en Puerto Rico en los años más difíciles de la guerra de liberación.
La historia habría de saldar cuentas, porque si Bolívar se ganó el título (para él mayor que ningún otro) de Libertador, y si Vargas fue biografiado como “albacea de la angustia”, Bello sería calificado como el primer humanista de América. El de López Méndez es otro cuento que, por el momento, no viene al caso.
Entre las obras capitales de Bello, la Gramática castellana destinada al uso de los americanos, 1847, destaca por su particular concepción del lenguaje. En el incitante prólogo al volumen IX de las Obras completas, dedicado a los “temas de crítica literaria”, apunta Uslar: “Como Amado Alonso lo ha señalado, Bello reacciona contra la concepción ‘lógico-general’, de la gramática, que era propia del racionalismo neoclásico. Su reacción es precisamente romántica, y se propone destacar lo localista, lo histórico, lo irracional en el lenguaje. La síntesis de su pensamiento gramatical está en esta frase: los pensamientos se tiñen de color de los idiomas”.
Efectivamente, en el prólogo que Bello escribió para su Gramática..., advertía que la misma palabra idioma indicaba que cada lengua tenía su genio, su fisonomía, sus giros. Por lo tanto “cada lengua tiene su teoría particular, su gramática”. El racionalismo antihistórico no tuvo así cabida (por lo menos plena) en su concepción gramatical.
Al trabajo exhaustivo que la Comisión Editora de las Obras completasde Bello realizó en los años 50, habría que añadir la labor editorial y de divulgación que ha venido cumpliendo la Fundación La Casa de Bello desde los finales de los años 70. Así, en el tomo Bello y Caracas (Primer Congreso del Bicentenario) interesan, para la página de hoy, los ensayos de Quiroga Torrealba (tiempos de la conjugación castellana y la formación lingüística de Bello), García Bacca (el perfil humanista de Bello caraqueño) y, particularmente, el de Arturo Ardao sobre la iniciación filosófica de Bello y su “análisis ideológica” de los tiempos verbales.
A publicaciones como esa, La Casa de Bello añadió monografías y textos especializados de Pedro Grases, Boulton Feliú Cruz, Becco, David W. Fernández y del propio Bello, como su epistolario con referencias a Caracas. Por otro lado, la Revista Nacional de Cultura, por ejemplo en los números 241 y 249, recogió los más variados trabajos acerca de su obra y su tiempo, con textos de Ida Gramcko, Oscar Sambrano Urdaneta, Orlando Araujo, Elías Pino Iturrieta, Tomás Polanco Alcántara, Brewer Carías y, entre otros más, Ricardo Krebs.
Bello es un autor inagotable, cuyos aportes van más allá de los temas gramaticales y lingüísticos, y tales son los casos de los estudios sobre el Derecho Internacional y el Derecho de Jentes, o el modo de estudiar la historia, la cosmografía, la Filosofía del entendimiento. Habría que agregar la poesía, en parte de la cual coexisten la influencia clásica y el torrente romántico. No resultaría impropio afirmar que América (que atrajo a los románticos) estuvo presente muy tempranamente en la poética de Bello. La zona tórrida entró en ella mucho antes que, con diferente temple y visión, la tomaran para sí los poetas telúricos del siglo XX. Y esa doble corriente que se nota en su poesía está visible, igualmente, en sus concepciones gramaticales, que es lo que María Celina Núñez explica con claridad en el “tránsito a la modernidad” que representó la Gramática, empujada desde el racionalismo hacia el empirismo.
*Publicado el 11 de octubre de 1998

sábado, 1 de agosto de 2015

HBO anunció ayer, durante la conferencia de prensa de la Television Critic Association, que la serie que producen Mick Jagger y Martin Scorsese se llamará Vinyl y se estrenará en 2016. El drama estará ambientado en la década de los setenta y contará la historia de Richie Finestra, fundador y presidente de American Century Records, quien tiene un gran olfato para descubrir artistas. Será interpretado por Bobby Cannavale,

Mick Jagger contará la música en tono de drama

"Vinyl" se estrenará en 2016 | Foto AFP
"Vinyl" se estrenará en 2016 | Foto AFP
El vocalista de los Rolling Stones produce una serie para HBO junto con Martin Scorsese. Bobby Cannavale lidera el reparto

HBO anunció ayer, durante la conferencia de prensa de la Television Critic Association, que la serie que producen Mick Jagger y Martin Scorsese se llamará Vinyl y se estrenará en 2016.
El drama estará ambientado en la década de los setenta y contará la historia de Richie Finestra, fundador y presidente de American Century Records, quien tiene un gran olfato para descubrir artistas. Será interpretado por Bobby Cannavale,
La serie explorará también el oscuro mundo de la industria durante esos años, en los que el sexo y las drogas se convirtieron en el combustible de la música punk y disco, a través de los ojos del ejecutivo que busca un talento del rock and roll para oxigenar su compañía.

Junto con Cannavale, actúan Olivia Wilde y Ray Romano, como la esposa y el socio del ejecutivo, respectivamente. El reparto incluye también a  Juno Temple, Andrew "Dice" Clay, Max Casella, James Jagger, Jack Quaid, Brigitte Sorenson, P. J. Byrne, Bo Dintel y Joe Caniano.
Scorsese dirigió el piloto y continuará como productor ejecutivo junto con Jagger, Rick Yorn y George Mastras (Breaking Bad), quien además está a cargo del guion.
Vinyl no es el primer proyecto entre el cineasta y el vocalista de los Rolling Stone. En 2006 trabajaron juntos en Shine a Light, un documental sobre la gira de la agrupación A Bigger Band y los conciertos que realizaron en el Beacon Theatre de Nueva York, a los que asistieron Bill Clinton, Jack White, Buddy Guy y Christina Aguilera.

Los venezolanos tenemos que establecer la dignidad como valor fundamental. No dignidad en el sentido de vivienda digna o salario digno, que son justos, sino en el más esencial de respeto a sí mismo, al propio esfuerzo, trabajo y creación y al reconocimiento que de ello se deriva.A esas propuestas hay que agregar una imprescindible reconstrucción ética

Se cumplen 42 años del accidente de los sobrevivientes de Los Andes

Optimismo y pesimismo, la alegría del sobreviviente.


Uno trata de ser optimista y cumplir con su deber.
No resulta fácil ser optimista. Por más que uno trata de concentrarse, la crisis, que cada vez es más general, no solo lo cerca sino que penetra en nuestros minutos.
En las inevitables colas se siente la alegría de los sobrevivientes. No se trata de buscar algo, sino simplemente de encontrar cualquier cosa. Un algo, cualquier cosa que signifique sobrevivencia, que reporte la sensación de lograrlo, de triunfo menudo.

En esto, que no es raro en la literatura de las guerras y sus efectos, el sobreviviente abandona las condiciones ricas y complejas de la vida humana y se resume al no morir y, concentrado en ello, se entrega y termina por agradecer al verdugo que no lo haya matado.
El sobreviviente no protesta, no se alza; simplemente quiere conservar su puesto en la cola, la que se convierte así en un fin. La crisis general es ese fatídico salto: de las crisis parciales se pasa a una crisis ética, una descomposición general, una “descohesión” del cuerpo social.
En este ambiente corren las encuestas que revelan una porción grande de indecisos. Una indecisión que no solo se alimenta de la baja fertilidad de las propuestas sino de esa entrega: ¡a este país se lo llevo el diablo!
Pero si uno toma distancia y ve las cosas desde afuera no tardará en reconciliarse con los otros y con el país.
Anteriormente me referí a la música, y a los músicos que brotan y crecen en número y fertilidad. También me referí a los investigadores universitarios que elaboraron Encovi, la encuesta sobre las condiciones de vida y sus conclusiones. Vemos a los economistas, de uno u otro sentido, esmerándose por analizar y proponer. Ahora circula un documento de la Universidad Católica Andrés Bello De la UCAB al país que queremos. (Revista SIC, julio 2015.revistasic.gumilla.org/2015/8713/) que incorpora los diagnósticos de la Encovi y se esmera en propuestas. Un documento que bien puede servir de referencia tanto a un gobierno agotado como a una MUD necesitada.
Hay voluntad y amor, y somos propicios para una necesaria unidad, una necesidad que madura y debe florear desde esta crisis.
A esas propuestas hay que agregar una imprescindible reconstrucción ética. Los venezolanos tenemos que establecer la dignidad como valor fundamental. No dignidad en el sentido de vivienda digna o salario digno, que son justos, sino en el más esencial de respeto a sí mismo, al propio esfuerzo, trabajo y creación y al reconocimiento que de ello se deriva.
Se simplifica y soslaya este problema cuando se refiere todo al rentismo, a la dependencia de la renta poco trabajada y minera del petróleo. No es una simple relación económica, es la profunda negación de sí como actor de su historia, de nuestra historia. Y el incremento de esa negación por la obstinada acción de los políticos comprando esa conciencia, matando esa dignidad.

La vida de la tribu estaba en peligro. Traidores e invasores, intrigas y corrupción la amenazaban. El jefe, recién ungido, prometió salvar a sus gentes del caos. El mensaje no era nuevo, pero él pretendía cumplirlo a cualquier precio. Empezó por invocar a los grandes tótems de la tradición, cuyas citas le prepararon sus escribanos, para ahorrarle las horas de estudiarlos. Los tiempos prometían ser duros y exigentes, y la comunidad tal vez se acercara a la ruina. Muchos partieron al destierro.

Minificción de los jueves: Victor Carreño

Víctor Carreño siente la extranjería como elemento determinante / Cortesía
Víctor Carreño | Cortesía
(Venezuela, 1968). Ensayista, traductor, narrador, novelista, profesor universitario. Ha publicado: “Poetas románticos ingleses” (2009), “La voz del resentimiento: lenguaje y violencia en Miguel de Unamuno” (2006) y la novela “Cuaderno de Manhattan” (2014). Estos textos pertenecen al libro inédito “El ángel fugitivo”

El jefe de la tribu
La vida de la tribu estaba en peligro. Traidores e invasores, intrigas y corrupción la amenazaban. El jefe, recién ungido, prometió salvar a sus gentes del caos. El mensaje no era nuevo, pero él pretendía cumplirlo a cualquier precio. Empezó por invocar a los grandes tótems de la tradición, cuyas citas le prepararon sus escribanos, para ahorrarle las horas de estudiarlos. Los tiempos prometían ser duros y exigentes, y la comunidad tal vez se acercara a la ruina.
Muchos partieron al destierro.

Él siempre recordaría que en el pasado era peor, y que él fue el elegido para evitar la catástrofe inminente de los indolentes y desleales para con la patria. Los seguidores volvían a asentir callados, y los que no, supieron conocer la disciplina. No importaba si los excesos sobrepasaban las expectativas de algunos fieles. Con las bocas abiertas, ni las moscas tuvieron tiempo para azuzarlos, cuando se vieron enterrados en el cementerio de las víctimas ilustres.
El método fue impecable, aunque el territorio de la tribu hubiera quedado desolado. ¡Fue purificado! El reino todavía duró unos años más o menos, y los monumentos lo recordaron. Cuando el jefe por fin se convirtió en momia, y sus guardianes en polvo, la gente pasó frente a sus estatuas y ni siquiera recordó quién era el personaje.
Pero sus poetas tenían todavía unas memorias por concluir. Fueron actas finales de una pesadilla de la que un día se despertó. Manual para los que sobrevivieron a esos tiempos ruinosos, y para quienes se convertirían en futuros salvadores de la tribu.
La muerte de tío Tigre y tío Conejo
Tío conejo siempre engañaba a tío tigre con sus astucias de mosca muerta. Se disfrazaba entre los matorrales y tentaba con sus movimientos el hambre del felino. Y terminaba pisándole las narices a tío tigre, quien se daba cuenta mal o tarde. Y todo acababa en burlas y risas. Pero un día acechó a su rival descansando y notó por primera vez que no podía atraer su atención. Ensayó nuevos disfraces, apariencias y tentaciones, pero la fiera permanecía inmutable. De tanto fingir, intentó descubrirse y acercársele a los colmillos. Y de tanto esperar, murió de creer que debía tener miedo y era intolerable no tenerlo. No se dio cuenta, el muy astuto, de que tío tigre no hacía trucos. Simplemente había muerto.
La casa y la llave
Un hombre solo vivía en una casa sola. La casa no tenía patio, cocina, sala, ventanas. En verdad, tenía solo un cuarto y una cama (además) para dormir. Era una casa normal, si ignoramos que solo podía abrirse desde dentro. Todo iba muy bien, hasta que un día la llave se perdió. Si solo puede abrirse desde dentro, ¿cómo pudo perderse la llave en la casa? Algunos pensaron que el hombre estaba mal de la vista o de la mente, por eso no podía encontrarla. Otros creyeron que la causa había que buscarla afuera: alguien o algo externo le impedía encontrar la llave. Otros dijeron: no hay causa, la llave simplemente se perdió. Por último hay quienes opinaron: ¿no será mejor que se quede en casa?
Después de tantas interpretaciones, ¿de qué cosas no sería capaz si algún día llegara a encontrar la llave? 
La bruja
La llamábamos la bruja. No se elevaba de repente sobre la tierra, no hacía ningún prodigio, pero cuando se presentaba a nuestras oficinas, todos desaparecían. Ella era una persona normal, excepto por su silencio. Nosotros tampoco hablábamos mucho, pero era por otras razones. No era la de aquella mujer entrada en años, de la que huían todos, sin conjuros ni mutaciones.
Hasta que llegó el día en que la ciudad tembló. La gente repitió las mil y una frases comunes sobre el peligro latente. La bruja no dijo nada. Salió del trabajo temprano, contra todas las voces que aconsejaban no salir a la calle.
La vimos atravesar lentamente los pasillos del edificio, sorprendidos. Cansados de oír los mismos discursos, decidimos abandonar también nuestras oficinas y seguir a distancia el paso de la mujer. No sabíamos adonde nos llevaba y ya la noche estaba encima de nosotros. En un instante se perdió de nuestra vista, y descubrimos un miedo antiguo, abrazados en la noche, sin saber qué hacer.
Allí, en silencio, comprobamos una vez más nuestra respetuosa incredulidad hacia las brujas.
El ángel fugitivo
Al principio de la creación, hubo unas  discusiones entre los ángeles de Dios y Lucifer, por el destino del hombre en la tierra. Como el pleito no se resolvió, cada uno partió por su lado con su Señor, proclamando sus ideales y banderas. En esta confusión, hubo un ángel que andaba despistado (y al parecer siempre fue así), y no supo diferenciar entre los dos bandos. Como no se había inventado el limbo todavía, fue expulsado del cielo y del infierno por igual. Era inmortal, sin embargo, y buscó refugio en la tierra. Vio las guerras y desastres del tiempo, y fiel a su naturaleza, huyó de los grandes acontecimientos, arrimándose al lado de los que nunca figuraron. La envidia luego (pecado que ni a los inmortales falta) surgió en el cielo y el infierno. Y concibieron un plan para él. Desde entonces, existe la estirpe de los que siempre dudan, y nunca tendrán paz consigo mismos. 

El imaginario teatral venezolano (VI)...Decálogo del perfecto político venezolano: interpretado y extraído del sainete “Yo también soy Candidato”, escrito por Rafael Guinand en 1938. Cualquier parecido con la realidad puede verse como un acierto de nuestros dramaturgos al explicar la manera en que, tanto el pueblo como sus dirigentes, comprenden la política venezolana

Didascalia: El imaginario teatral venezolano (VI)

Fotografía de Rafael Guinand / Cortesía
Fotografía de Rafael Guinand / Cortesía
Decálogo del perfecto político venezolano: interpretado y extraído del sainete “Yo también soy Candidato”, escrito por Rafael Guinand en 1938. Cualquier parecido con la realidad puede verse como un acierto de nuestros dramaturgos al explicar la manera en que, tanto el pueblo como sus dirigentes, comprenden la política venezolana

Decálogo del perfecto político venezolano
1)      El verbo confuso es obligatorio. Utilizar palabras rebuscadas ayuda a crear un aura de intelectualidad que refuerza la popularidad del político en cuestión. También ayuda el uso de frases en latín.
2)      El político en cuestión debe poseer una unión, sea matrimonial o concubinato, con una mujer que será la encargada de continuar con la lucha política de su pareja en el caso de que esta sea encarcelada por motivos reales o pre-fabricados

3)      Es necesario entender que los intereses del político siempre deben estar camuflado con los intereses del pueblo. Lo que el político quiera debe ser siempre con el pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
4)      La palabra pueblo debe ser repetida tantas veces como sea posible dentro del discurso o mitin político.
5)      La mano derecha del político debe ser una persona dispuesta a calumniar, tergiversar información, duplicar cifras o reducirlas según conveniencia. Dicho de otro modo, la mano derecha de un buen político es su secretario.
6)      El discurso político debe ser sumamente emotivo. Si usted tuvo una infancia complicada, cuente los detalles, y si no la tuvo es menester fabricar una.
7)      La palabra democracia es de libre interpretación y, como ocurre con pueblo, debe ser involucrada la mayor parte del tiempo en el discurso.
8)      El imaginario venezolano está lleno de caudillos a caballo y otros personajes militares con “mano dura” para “poner el orden” El político debe acercarse a estas figuras con cautela, pues bien utilizadas logran un voto seguro.
9)      Es necesario aclarar que el político nunca deja de serlo. Si pierde volverá a lanzarse a elecciones, y si resulta ganador recorrerá cualquier camino posible para mantenerse –o a su partido– en el poder
10)  El político nunca es culpable de nada de lo que ocurra durante su mandato o gestión. Los culpables recurrentes siempre serán instancias superiores o entidades internacionales que no tengan nada que ver en el asunto.