Yo soy

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domingo, 6 de septiembre de 2015

Ramón Díaz Sánchez escribió una biografía cuyas páginas bien podrían ser recorridas con la emoción que despierta una novela: aunque su protagonista sea un personaje de la historia venezolana; aunque los hechos que en ella se narran son absolutamente reales; y aunque todos los movimientos del personaje –que discurren en el entorno de una vida política y cotidiana– son relatados con un “preciosismo cinematográfico”, que apunta a establecer un pacto de credibilidad con el lector

Guzmán, elipse de una ambición de poder. Un monumento a la ruindad

Ramón Díaz Sánchez (n. Puerto Cabello, Venezuela, 14 de agosto de 1903 — m. Caracas, 8 de noviembre de 1968) escribió una biografía cuyas páginas bien podrían ser recorridas con la emoción que despierta una novela: aunque su protagonista sea un personaje de la historia venezolana; aunque los hechos que en ella se narran son absolutamente reales; y aunque todos los movimientos del personaje –que discurren en el entorno de una vida política y cotidiana– son relatados con un “preciosismo cinematográfico”, que apunta a establecer un pacto de credibilidad con el lector

“Los pueblos suelen comportarse como niños cuando en las horas de escoger rumbos se entregan a la tutela de un hombre providencial. El de Venezuela es un niño díscolo que añora la férula de Páez…”.
¿Por qué nos resultan tan familiares estas palabras? ¿Qué siniestra actualidad cobra por estos días tan radical afirmación? ¿Y por qué insólitos caminos nos llega tan claramente una voz emitida en 1950, fecha en que se publicó Guzmán, Elipse de una ambición de poder, biografía de Antonio Leocadio Guzmán, imponente obra de Ramón Díaz Sánchez (1903-1968).
La respuesta a estas interrogantes se encuentra en el proyecto que inspirara la monumental biografía del viejo Guzmán, escrita por Díaz Sánchez pocos años después de que los sucesos de 1945 torcieran para siempre la historia moderna de Venezuela. Con su personaje como coartada, el autor acometió un minucioso dibujo de los sucesos producidos en el país a partir de la consumación de la Independencia y la reciente fundación de las naciones soberanas, en el siglo XIX. Puesta la peripecia de Antonio Leocadio Guzmán en primer plano, se ofrecen como escenario los retortijones de la naciente república, una sucesión de convulsiones, desfile de montoneras, amagos de legalidad y una férrea vocación caótica que probablemente le sirvieron a Díaz Sánchez para esbozar la metáfora de lo que –tal como él temía desde su conservadurismo– le sobrevendría a Venezuela tras el derrocamiento de Medina Angarita y el ascenso al poder de las masas soliviantadas que venían a por lo suyo blandiendo la bandera de Acción Democrática y otras organizaciones recientemente creadas para servir de cauce a las antiguas aspiraciones de un pueblo que, según Díaz Sánchez, vive permanentemente en una “bárbara infancia”.
La sospecha de que la intención profunda que movió la concepción deGuzmán, Elipse de una ambición de poder fuera la de replicar –de manera soterrada– a los sucesos de 1945 proviene del hábito oblicuo de los historiadores venezolanos de la primera mitad del siglo XX de usar personajes y eventos del pasado como parábola para ilustrar hechos recientes, sin aludir a ellos de manera directa. Y proviene también de la evidente voluntad del texto de dialogar con el presente al punto de que aún hoy, a casi cincuenta años de su redacción, conserva intacta su inquietante capacidad de hacer actuales unos procesos correspondientes a la época en que la nación apenas despertaba de su sueño colonial. Al entrarle a esta biografía por alguno de los múltiples y variados accesos que permite, no se puede más que concluir que nuestra historia es cíclica y que a lo largo de los siglos vemos a los mismos personajes cruzar el proscenio con distintos nombres y leves matices que signan sus idénticas compulsiones.
¿Historia o novela? Interpretación
Guzmán, Elipse de una ambición de poder es un libro imprescindible para el lector local. Y lo es, sobre todo, porque es un libro estupendo; lleno de lances apasionantes, de grandes gestos y episodios miserables; también de situaciones de opereta, de intensos ridículos, de espantosas matanzas y solemnes actos de gallardía. Destila, pues, la vivencia venezolana; esa que hemos visto palpitar a lo largo de nuestras vidas y tememos ver reproducidas en el futuro si el destino se encrespa y desembrida.
En medio de un amasijo de ocurrencias decimonónicas destaca la figura de Antonio Leocadio Guzmán, retratado por Díaz Sánchez en casi 700 páginas (Editorial Edime, segunda edición, 1952), como un pícaro, oportunista, traidor, incansable criatura sibilina, capaz de echar a cualquiera a las llamas con tal de salvar su propio pellejo. Si al principio de su carrera lo encontramos llegando, casi a pie, hasta Panamá con el objeto de tomar un barco que lo llevara hasta Lima, donde se encontraba El Libertador, ya después lo veremos convertido en secretario del héroe, en su segunda consciencia casi; para luego ser testigos de su sigilosa manipulación de la confianza que Bolívar depositara en él y, posteriormente, de su abierta traición.
El país avanza a tumbos por todo el siglo XIX y en ese espacio zigzaguea hábilmente el formidable intrigante que terminaría su vida como la gran figura del liberalismo. Asistido por la ferretería de la novela, Díaz Sánchez arma su personaje sin abandonar ni un instante su manifiesta determinación historiadora: “Mi propósito al emprender esta obra”, dice en el prólogo, “no fue hacer una historia más de nuestro país, sino intentar una interpretación espiritual y moral de la vida de nuestro pueblo. Para esto nada mejor, pensé, que la utilización de un personaje señero, una figura viva capaz de tipificar las virtudes y los vicios de su tiempo”.
Lo que se termina tipificando allí es el hondo foso en el que se precipita la nación una vez desaparecido el noble procerato de la Independencia. Dejadas a su aire, las masas capitaneadas por una dirigencia de tres al cuarto marchan hacia el abismo. Y en el vocerío, en la confusión de la República temprana, las cosas están maduras para que la picaresca fragüe en su emanación cimera: este Antonio Leocadio que su biógrafo describe “silencioso, leve como una sombra pero con el oído atento a todas las voces y con la pupila fija en todos los ademanes” (p. 187). Cada uno de sus actos contendrá en su envés la intriga, el cálculo, la bocanada de aire que le dé impulso para una nueva voltereta política.
Antihéroe fascinante, llega a tal refinamiento su perfidia que hasta su casamiento con una pariente del Libertador y protegida de su hermana María Antonia, es una carta que el bribón se juega en su eterna apuesta por una posición más elevada. Así, señala el autor: “La verdad es que Guzmán no anduvo errado cuando se casó con Carlota Blanco. Esta unión, en medio de las angustias y alternativas de aquellas horas. Puede considerarse como uno de sus mayores aciertos políticos. El aprendiz es ya un maestro. La política femenina (o feminista, como la llamará después un agudo escritor venezolano) no carece del todo de eficacia en la Venezuela bolivariana. Igual que esas pedrezuelas que los supersticiosos usan como amuletos, la mujer venezolana comunica sus virtudes al hombre… Y no se equivocó este último (Guzmán), pues apenas casado, le fue ofrecido el empleo que antes solicitara sin éxito –la secretaría del Cuerpo de Policía recién creado–…” (p. 132-133).
     De fundador de periódicos –y de paso, prominente pionero de cierto vituperante periodismo político en Venezuela– el protagonista deviene policía y meloso recién casado que, en cuanto ve caído a Bolívar, suspende sus requiebros a la desposada y le confiere “…un nuevo trato que impulsará a Guzmán, en más de una ocasión, a maltratar de hecho a su mujer. Dícese que en un rapto de ira la golpea brutalmente y que para evitar que salga a la calle durante su ausencia, aprisiona su cabellera entre las hojas de un escaparate cuya llave se lleva en el bolsillo…” (p. 140).
Preciocismo cinematográfico
Todos estos movimientos del personaje discurren en el entorno de una vida política y cotidiana que el texto capta con preciosismo cinematográfico. Es como si el detalle visual apuntara a establecer con total firmeza un pacto de credibilidad con un lector que, sin embargo, recorrerá muchas de estas páginas con la emoción que despierta la novela. Es historia: es la biografía de una persona real, que desencadenó hechos en la realidad; pero la tersura de la prosa, la tentación de abarcarlo todo –incluso los pensamientos del biografiado–, el volumen que adoptan las molduras más nimias del paisaje sugieren, en muchas ocasiones, la presencia de una gran fabulación centrada alrededor de un arquetipo florentino. El balance –reconoce Díaz Sánchez– “nunca es decisivo, pues siempre queda en la mente de quien juzga a Guzmán esta inquietante interrogación: ¿hasta qué punto es sincero este hombre? Guzmán es para el Libertador un enigma que no logrará resolver en el resto de su existencia. ¿Pero es que tiene interés en estos momentos en aparecer enigmático? No es presumible. Por el contrario, todos sus actos revelan el deseo de mostrarse como el más adicto de los amigos de Bolívar. No ignora que solo por este camino podrá llegar al destino que ansía” (p. 120-121).
Es posible que Guzmán no haya llegado nunca al destino que ansiaba. Pero solo posible –no probable–; por un lado, porque pudo ver a su hijo investido con las galas de presidente de la República; y por el otro, porque con todas las fluctuaciones que mellaron su vida de escalador social, llevándolo de los grandes salones a la cárcel, de esta al exilio y del destierro a un despacho de ministro; hizo casi siempre de poder detrás del trono, vio pasar el féretro de sus enemigos, estuvo ahí para atestiguar la caída de la vieja oligarquía, azuzó las masas cuanto quiso y vivió conforme a esa desmesurada idea que tenía de sí mismo. Eso, sin contar que hizo de la vileza una de las bellas artes: “En medio de la decadencia moral que revelan sus actos por esta época (1856), hay en ellos, no obstante, una capacidad de sufrimiento y una perseverancia para la humillación que resultan verdaderamente admirables. Aquí asistimos a una sorda apoteosis de la pequeñez y a un inconcebible heroísmo de la ruindad. Pocos hombres han sido tratados con tal desprecio pero asimismo pocos han sabido asimilar el desdén con semejante abnegación” (p. 402).
Es más de lo que se puede decir de muchos.
Sentimental y “surrealista”
*Fragmentos de su diario.
“Ahora mismo, cuando me veo prácticamente asediado por las manifestaciones de aprecio e incluso de admiración que me proporciona mi obra de escritor, me asaltan los recuerdos de la juventud cuando yo soñaba en este día lejano. Soñaba yo, en la penumbra de mi pueblo –Puerto Cabello– con llegar a ser algún día un escritor, en saberme leído y estimado por ello. Contaba apenas diecisiete años, cuando, en el estrecho pasadizo de nuestra casita solariega me entregué con verdadera pasión a escribir una novela. En mis correteos por las calles de la pequeña ciudad iba recogiendo cuanto programa o volante impreso cayese en mis manos. Aquellas eran mis cuartillas. Con ellas en mis manos volvía a mi casa muy ufano y me entregaba febrilmente a la escritura. En el pasadizo había instalado una mesita de caoba, resto de pasados desahogos de mis padres y era allí donde escribía mientras mi madre aplanchaba en la sala, la ropa blanca de unos comerciantes alemanes”.
“Ignorante como un primitivo, yo era en mi rincón un espontáneo caso surrealista. Mi novela interminable, incoherente, arbitraria, auténtico producto del subconciente. Sus protagonistas iban de un lado a otro sin concierto, porque sí. Tan pronto estaban en los suburbios de Puerto Cabello como se les veía correr en la noche tenebrosa por las calles de Maracaibo, o de Caracas. Describía estas ciudades sin conocerlas, guiado solo por la fascinación que sus nombres y sus leyendas producían en mí…”.
“¿Por qué no ensayar de una vez mi propia definición? Soy un sentimental que nada contra la corriente de sus sentimientos... Soy un hombre del pasado que se romperá la cabeza buscando los caminos del futuro”.

Petróleo, los guzmanes y la transición
Por Jesús Sanoja Hernández
Para la rendición de Mene, 1966, escribió Jiménez Arráiz de su cuñado Díaz Sánchez, a quien debió conocer como ninguno, que este era infatigable trabajador, un self- made que saltó las vallas de las limitaciones culturales de su época: “Hijo de obreros y obrero él mismo en su mocedad, desempeñó los más variados oficios, desde aprendiz de mecánica y vendedor ambulante de cigarrillos y puros, hasta pintor de carteles para cines de pueblo”. Y también frecuentador de los ambientes periodísticos, narrador y ensayista.
Debió llegar a Maracaibo en 1924, donde conoció a Juan Besson, director de La Información. Eran tiempos en que, como en un filme, el Zulia aceleraba su transformación “psicológica y económica”, y por la redacción del diario de don Juan pasaba la figura bohemia de López Troconis. En aquella pajarera de la casona de la calle Independencia el dúo formado por Pedro Herrera y Benedicto Peña, “enamorados de una época que se iba” (el ocaso del género chico, las últimas boqueadas del Teatro Baralt, el encanto del couplé, la Compañía de Mercedes Navarro, los contertulios trataban de captar los cambios introducidos por el petróleo.
¿El petróleo? Justamente Díaz Sánchez comenzó como empleado de la Caribbean y luego, en Cabimas, como juez municipal, tendría oportunidad de excelencia para recoger datos, testimonios y mutaciones en el estilo de vida de esa ciudad nacida violentamente del viejo pueblo de Narciso Reinoso, el mejor cantador de la zona, adonde llegaban los pescadores de Las Yayas, los carboneros de Las Rosas y los madereros de Ambrosio y Las Misiones. Y a propósito, ¿ese Narciso Reinoso de Mene, de dónde saldría?
El sindicalista Jesús Prieto Soto, autor de innumerables volúmenes acerca del petróleo, en su libro ¿El chorro: gracia o maldición?, mencionaba, entre los célebres guachimanes de la incipiente industria, “al popular trovador Narciso Perozo”. Y hay más…
Díaz Sánchez, en un artículo publicado en Panorama en 1954, señalaba que el punto de partida del gran torbellino petrolero comenzó en 1913 al descubrirse “los depósitos aflorantes de Mene Grande” y Prieto Soto apuntaba que a Cabimas, en 1925, la formaban dos calles, la Principal y la del Rosario: “en la primera estaba establecido el comercio; en la segunda, el sector residencial”. Un año más tarde estalló la huelga que se extendió desde Mene Grande hasta la Cabimas de la novela Mene.
En Cabimas escribió Díaz Sánchez, entre 1932 y 1933, el ensayo “Cam”, parcialmente recogido en las páginas de la revista Arquero, que en Caracas dirigió Julio Morales Lara. Y allá, según Pedro Sotillo, “el mozallón que no parecía porteño” (Díaz Sánchez, no se olvide, había nacido en Puerto Cabello) redactó febrilmente las páginas deMene, “entre los meses de febrero a junio de 1935”, aunque otros críticos sitúan la redacción un poco antes. Gustavo Luis Carrera afirma que Mene fue premiada en el concurso del Ateneo de Caracas de 1935, pero solo pudo editarse en 1936, ya muerto Gómez.
Si algún autor se sintió atraído por el período que reventó en diciembre de 1935, haciéndose bullente política e ideológicamente en 1936 para desembocar en 1937 como prueba de fuego de la transición lopecista, ese fue Díaz Sánchez. No por azar su ensayo se denominóTransición. Para mí, destaca como el único intento, no solo de describir una situación contemporánea, sino de interpretarla cuando estaba aún en el curso más difícil de captar con mirada larga. Por allí desfilan los jóvenes que venían del destierro apertrechados de marxismos, la Ley Lara y la represión de 1937, el fascismo y el nazismo como estrategia de contención del comunismo y el posible triunfo, aunque temporal, de este. En pleno 1937, antes de estallar la II Guerra Mundial, Díaz Sánchez previó el gran cataclismo y analizó, con bastante tino, los “ismos” que entonces se cernían sobre un futuro de enigmas.
En 1950 sorprendió con el mural del guzmancismo, esa elipsis de ambición de poder que se inició con Antonio Leocadio, a quien Milagros Socorro califica acertadamente de “antihéroe fascinante”. Dejó en cartera Díaz Sánchez un proyecto, no sé si novelístico o ensayístico, sobre Joaquín Crespo, acerca del cual hizo una referencia Miguel Otero Silva en 1954. En las gavetas pudo quedar asimismo la tercera novela petrolera, aquella que debía concluir el ciclo de Mene yCasandra. No es la primera trilogía inconclusa. También está la de Uslar (Laberinto de fortuna).
*Publicado el 15 de noviembre de 1998

“Hubo asuntos ineludibles en el proceso de realización de Lolita para ambos hombres, Kubrick y Nabokov, como la censura de la Legión Católica de Decencia”

Nuestro amigo común: Lo-li-ta

Fotograma de Lolita de Stanley Kubrick / Foto cortesía
Fotograma de Lolita de Stanley Kubrick / Foto cortesía
“Hubo asuntos ineludibles en el proceso de realización de Lolita para ambos hombres, Kubrick y Nabokov, como la censura de la Legión Católica de Decencia”

A mediados de los años cincuenta los jóvenes críticos de Cahiers du Cinéma encontraban en el trabajo de otro joven francés alguien a quien llamar autor después de Jean-Pierre Melville: Roger Vadim dirigía en 1956 Y Dios creó a la mujer, protagonizada por su esposa, Brigitte Bardot. Román Gubern la llama femme-enfant y comenta que es solo parte de un linaje de mujeres-niña que parecen extraídas de los retratos del pintor Jean-Gabriel Domergue y que inició con la señora de Fairbanks, Mary Pickford, seguida por Carroll Baker en Baby Doll (Elia Kazan, 1956) y que muy pronto encontraría su lugar en el imaginario cinematográfico en la voluntad del joven Stanley Kubrick, en Lolita (1962).
La historia comienza por el final: el profesor inglés Humbert Humbert (James Mason) ha llegado a la casa del magnate de Hollywood Clare Quilty (Peter Sellers) armado para enfrentarlo, pues ahora sabe que estuvo con Lolita. Se da el enfrentamiento y Kubrick cuenta entonces qué nos llevó a semejante desenlace, cuatro años atrás. Humbert está en los Estados Unidos, es escritor, y va a dar clases en una universidad americana. Llegó a alojarse en casa de Charlotte Haze (Shelley Winters), quien vive con su hija de 14 años, Dolores (Sue Lyon). Humbert queda prendado de la joven en el instante en el que la ve. A partir de esto seremos testigos de una historia de amor y obsesión.  
Las escenas más interesantes visualmente son aquellas que parecen tener la mano del director, no la del guionista en ellas, como la del juego de ping pong entre Quilty y Humbert, la muerte de Quilty a través del cuadro de una joven, Humbert recibiendo el pésame de los vecinos en la bañera, el juego de manos entre Humbert, Dolores y Charlotte en el autocine, la escena de comedia slapstick en la que el empleado del hotel y Humbert intentan armar la cama extra sin que Dolores se despierte, el pie de Lolita en los créditos iniciales, y sobre todo aquella en la que Charlotte le informa a Humbert en la cama que enviará a Dolores a un internado; en una mesa de noche está el retrato de la chica, en la otra, el viejo revólver del difunto marido de Charlotte. Se hacen visuales los conflictos en unos pocos segundos con la puesta en escena. Es sabido que el guionista, Vladimir Nabokov, entregó un guion que daba para una película extraordinariamente larga, por lo que Kubrick tuvo que recortarlo.
Luz de mi vida, fuego de mis entrañas
Hubo asuntos ineludibles en el proceso de realización de Lolita para ambos hombres, Kubrick y Nabokov, como la censura de la Legión Católica de Decencia. Kubrick declararía más adelante que su único aspecto criticable es que la relación, la obsesión erótica, sexual, limitada entre Humbert y Dolores a miradas y alusiones, no le permitió que fuese inesperado revelar, en esa escena en la que vemos a Lolita desmejorada y en estado, que Humbert está enamorado. Sin embargo esto podría haber llegado a jugar a favor de la película. En la versión de 1997 a cargo del director Adrian Lyne (Nueve semanas y media, 1986) la censura no preocupa a nadie y la Lolita es casi inverosímil por la niñez forzada a través de muñecas, moños y trenzas afortunadamente ausentes en la versión de Kubrick. Lolita (en ambas versiones) estaba en cambio enamorada del depravado Quilty, y la ligereza de su relación con Humbert parece venir de que Lolita sabe que será pasajera.
Y es que en la versión de Lyne la obsesión del profesor (Jeremy Irons) está justificada por la muerte de Annabel, una novia que tuvo cuando contaban catorce años, quien murió repentinamente y a quien la versión de Kubrick omite. Lolita es entonces para este Humbert una construcción más cercana a la fantasía que a la Dolores real –se podría imaginar a Jimmy Stewart como Humbert, persiguiendo a Lolita como a Kim Novak en Vértigo–, y esto hace de la escena de la confesión de su amor ante una Lolita en estado algo menos poderoso que en la de Kubrick, donde la obsesión de Humbert no tiene asidero, es obsesión pura: algo que al obsesivo Kubrick debió parecerle fascinante. Sabemos que las llamadas lolitas del mundo son infantiles pero maduras a los ojos del que se obsesiona con ellas. La biología no niega la madurez corporal de Lolita y mucho menos la de Humbert, cuarentón. Mas la infantilización, ineludible y comprensible en el caso de la lolita (sea Brigitte, Baby Doll o etcéteras), es en Humbert pulso de nuestros tiempos. Obsesivo, celoso, impulsivo, casi trágico, soporta desprecios, condenas; se desgarra las vestiduras. Humbert ama adolescentemente porque también es infantil, casi como el objeto de su obsesión. ¿Y cómo ofrecerle resistencia a la nínfula si no se tiene voz?

La obra maestra de Vladimir Nabokov cumple 50 años.Antes de alcanzar las estanterías, varios editores la rechazaron. Recelada y temida, debió sortear la censura en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Pero en 1955 logró imprimirse: dos semanas después de que comenzara a circular se publicó un primer artículo que destacaba la “indiscutible maestría” de “Lolita”. Desde entonces, la historia de Humbert Humbert y Dolores Hazel no ha cesado de afiliar fanáticos

Lolita: Júbilo y desamparo del Rey

Vladimir Nabokov / Foto cortesía
Vladimir Nabokov / Foto cortesía
La obra maestra de Vladimir Nabokov cumple 50 años.Antes de alcanzar las estanterías, varios editores la rechazaron. Recelada y temida, debió sortear la censura en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Pero en 1955 logró imprimirse: dos semanas después de que comenzara a circular se publicó un primer artículo que destacaba la “indiscutible maestría” de “Lolita”. Desde entonces, la historia de Humbert Humbert y Dolores Hazel no ha cesado de afiliar fanáticos

Humbert Humbert es más que el protagonista-narrador de Lolita. Es un señor de la prosa. Rey en sus dominios. Al final, a pocas líneas de la culminación del relato, afirma que ha tardado 56 días en escribirlo. A continuación explica que, en beneficio de ella, la historia no podrá ser publicada hasta que Lolita y él hayan muerto. Su pronóstico es de envergadura: la inmortalidad de ambos ha quedado sellada en esa escritura.
Lolita se planta con una interrogante: si por encima de las posibles consideraciones que podrían derivar de la línea central de la novela –un cuarentón que se obsesiona por una púber de doce años– el lector está abierto a la escritura-gozo de Humbert. Cuando uso la palabra gozo –palabra que parece ahora incorporada a la lengua especializada del psicoanálisis– quiero decir acontecimiento, sugerir elevación, ejercitación más allá de lo obvio e inmediato.
Gozo son las anotaciones, los guiños, las advertencias con que Humbert le habla directamente al lector. Los sarcasmos con los que mantiene las aguas en movimiento. Las refinadas imágenes –la escritura de Nabokov es una prodigiosa maquinaria de destilación– con que describe sus propias sensaciones. La permanente práctica de la distancia, la apelación al humor, los súbitos cambios de tonalidad: “Ahora creo llegado el momento de introducir la siguiente idea: hay muchachas, entre los nueve y los catorce años de edad, que revelan su verdadera naturaleza, que no es la humana, sino la de las ninfas (es decir, demoníaca) , a ciertos fascinados peregrinos, los cuales, muy a menudo, son mucho mayores que ellas (hasta el punto de doblar, triplicar e incluso cuadruplicar su edad). Propongo designar a esas criaturas con el nombre de nínfulas”.
Gozo son las frases de vocación aforística (“la mirada del lujurioso siempre es triste: la lujuria nunca está segura”) con que Humbert se emplaza a sí mismo. El estilizado vagabundeo argumental presente, sobre todo en la primera parte de la novela (“¿Son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. De lo contrario, los hombres capaces de penetrar ese secreto, los ninfulómanos, se volverían locos. Tampoco la belleza es un criterio determinante, y la vulgaridad –o, al menos lo que una comunidad determinada considera como tal– no daña forzosamente ciertas características misteriosas que dan a la nínfula esa gracia etérea, ese evasivo, cambiante, anonadante, insidioso encanto mediante el cual se distingue de sus contemporáneas que dependen incomparablemente del mundo espacial de los fenómenos sincrónicos que de esa isla intangible de tiempo hechizado donde Lolita juega con sus semejantes”). Gozo, incesante y prolífico, es la travesía, de la primera a la última palabra.
Estética del deseo
La primera parte de la novela anuncia a Lolita. La dibuja, la sueña, la teoriza. Humbert reconoce dentro de sí la escisión, la grieta oscura desde la que se levanta su deseo. Es sus desvaríos recuerda a Virgilio, a Dante y a Petrarca. Maestro de los detalles (Humbert Humbert no puede ser sino un acucioso anatomista), exquisito observador de la corporeidad, llega el momento en que se devela a esa Lolita a la que viene insinuando desde treinta páginas atrás: “el rey grita de júbilo”.
Con Lolita ya instalada en el relato, el juego de Humbert Humbert se intensifica: habla de sí en primera y en tercera persona, alternativamente. Reconoce su turbación y advierte de las posibles infidelidades de su narración. Introduce el recurso de un diario: “Jueves. Día muy cálido. Desde un punto ventajoso (ventana del cuarto de baño) vi a Dolores recogiendo la ropa tendida en medio de la luz verde manzana, detrás de la casa. Salí. Ella llevaba una camisa a cuadros, tejanos, zapatillas deportivas. Cada movimiento que hacía aquella sombra moteada de rayos de sol punzaba la cuerda más secreta y sensible de mi cuerpo abyecto”.
A medida que el cazador avanza, las destrezas de Humbert se despliegan en lo territorial: el espacio se convierte en aquello que lo aproxima o lo separa de Lolita. Narrar es delectarse: “quiero que mis cultos lectores se sientan partícipes de la escena que voy a evocar. Quiero que examinen cada pormenor y vean por sí mismos hasta qué punto fue cauteloso y casto aquel acontecimiento dulce como el vino….”. Allí, en la bisagra donde fantasía y realidad se entrecruzan, Humbert debate consigo mismo, observa cada señal, aguarda su momento. Pero he aquí que la magia, que el ardid Nabokov irrumpe: los hechos se precipitan. Los imprevistos ocupan la escena. Humbert Humbert pierde temporalmente el control, que retomará más adelante.
Caída sin freno
El que viaja por Norteamérica con la púber en el asiento a su lado es un hombre en proceso de enamorarse. Es inevitable: las diferencias toman forma, se inflaman, agrietan ese estado “más allá de la felicidad” que, a ratos, experimenta Humbert. El vínculo se fractura. Lo fatídico ocupa el relato. De aquí en adelante, el rey jubiloso, se reconvierte: adquiere las proporciones, el descontrol, la debilidad, los padecimientos del amante traicionado: un hombre desamparado.
Y es de cara a esta nueva realidad, donde Humbert Humbert logra reconvertir la prosa de caza en prosa adolorida, sin menoscabo alguno de sus atributos: el rayo que salta e ilumina la oscuridad (“Sería un mentiroso si dijera, y el lector muy tonto si lo creyera, que la conmoción producida por la pérdida de Lolita me curó de la pasión por las nínfulas”); la anotación que devuelve lucidez donde hasta hace un segundo no había otra cosa que absceso y confusión (“Muchas veces he advertido que tendemos a atribuir a nuestros amigos una estabilidad similar a la que adquieren en la mente del lector los personajes literarios. Aunque abramos El rey Lear montones de veces, nunca encontraremos al pobre soberano apurando hasta la última gota de su jarra de cerveza la mar de contento, olvidados todos sus pesares, en una alegre reunión con sus hijas y sus perros falderos”); los arrebatos de lirismo que, como paréntesis en la prosa del distante, hacen patente la constitución del hombre enamorado hasta los tuétanos.
En ese Humbert Humbert derrotado, de todos modos hay algo invicto: el privilegio del que cuenta con regocijo, la potencia del que nombra a plenitud, el triunfo del que comparte, incluso a pesar de su declive. Que Lolita sea una de las grandes obras de la narrativa del siglo XX no se debe a la humanización implícita en la caída del protagonista. Se debe a las variaciones climáticas, a las secuencias argumentales, al gozo fraseológico, a la inquietante y desbordada humanidad que Vladimir Nabokov creó en Humbert Humbert.

La Fundación Isaac Chocrón dio a conocer a los ganadores de los premios que llevan el nombre del dramaturgo y ensayista fallecido en 2011

Fundación Isaac Chocrón anunció sus galardonados

Manrique fue premiado como Mejor Actor por su interpretación de Edmundo Chirinos | Foto Manuel Sardá / Archivo
Manrique fue premiado como Mejor Actor por su interpretación de Edmundo Chirinos | Foto Manuel Sardá / Archivo
Sangre en el diván y Monalisa fueron premiadas como Mejor Producción. También fue reconocido el trabajo de Xiomara Moreno en Cofradía

La Fundación Isaac Chocrón dio a conocer a los ganadores de los premios que llevan el nombre del dramaturgo y ensayista fallecido en 2011.
El jurado compuesto por Edgar Moreno Uribe, Carlos Herrera, Douglas Palumbo y los miembros de la junta directiva de la institución Javier Vidal, Luis Parada y Martin Hann seleccionaron a creadores de larga trayectoria en las diversas categorías.
Xiomara Moreno fue reconocida en el renglón Mejor Dramaturgia porCofradía, pieza que narra la historia de una compañía de teatro que llega a un antiguo coliseo con el encargo de representar La gaviota de Antón Chéjov.
La Mejor Autoría Escénica fue para Luigi Sciamanna por su propuesta en Monalisa. El montaje además ganó como Mejor Producción, reconocimiento que compartió con Sangre en el diván del Grupo Actoral 80, que ya superó su función número 100.
La pieza que narra el capítulo “El delirio” del libro escrito por Ibéyise Pacheco sobre el psiquiatra Edmundo Chirinos obtuvo también otro galardón: su protagonista, Héctor Manrique, triunfó como Mejor Actor.
El título de Mejor Actriz se lo llevó Caridad Canelón por su personaje en la obra Ni que nos vayamos nos podemos ir, original de Lupe Gehrenbeck y dirigida por Oswaldo Maccio. La historia, que se presentó recientemente en el Centro Cultural BOD, muestra a una mujer sexagenaria que es forzada a emigrar y se aferra a sus pertenencias, que más que recuerdos son parte de su identidad.
Los premios se entregarán el 24 de septiembre, a las 6:30 pm, en el Ateneo de Caracas, que está ubicado en Colinas de Los Caobos.
Creada en noviembre de 2012, el objetivo principal de la Fundación Isaac Chocrón es que trascienda la figura del artista nacido en Maracay en el año 1930. Entre sus propósitos está administrar los bienes del escritor y los beneficios que por autoría devenguen los montajes. También promover la producción literaria y la dramaturgia venezolana.

El drama y la comedia reinaron en los Premios Chocrón

"Sangre en el diván" y "Monalisa" obtuvieron dos galardones

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Héctor Manrique recibió el premio a Mejor Actor GEORGINA SVIEYKOWSKY
EL UNIVERSAL
martes 8 de septiembre de 2015  12:00 AM
La comedia dramática fue el género mejor valorado en la selección de ganadores de los premios de dramaturgia otorgados anualmente por la Fundación Isaac Chocrón.

Los galardones de la edición 2015, que serán otorgados el próximo 24 de septiembre en una ceremonia, fueron anunciados este domingo tras la deliberación del jurado.

Las piezas que obtuvieron mayor cantidad de premios fueron Monalisa, del director Luigi Sciamanna, y Sangre en el diván, de Héctor Manrique, quienes recibieron, por igual, el máximo reconocimiento en dos categorías.

Es así como Sciamanna fue galardonado con el premio Mejor autoría escénica (equivalente a mejor director), y su pieza, una comedia ambientada en el robo del cuadro que da fin a su tetralogía sobre obras del Renacimiento, también fue reconocida en la categoría de Mejor producción. Sangre en el Diván, un monólogo en el que Manrique se adentra en la psique del polémico psiquiatra Edmundo Chirinos, también fue premiada en la categoría de Producción, mientras que su protagonista fue reconocido con el premio a Mejor Actor.

La primera actriz Caridad Canelón fue galardonada en la categoría de Mejor actriz por su participación en la obra de Lupe Gherenbeck, dirigida por Oswaldo Maccio, Ni que nos vayamos nos podemos ir, donde interpreta el papel de Elvira, una mujer de clase media con dos hijas de distintas posturas políticas que se debate entre partir o no de Venezuela.

El premio en la categoría de Mejor dramaturgia fue otorgado a Xiomara Moreno, por su obra Cofradía, dirigida por Javier Moreno, en la que aborda las vivencias de una compañía de teatro que intenta realizar un proyecto en un coliseo abandonado.

El jurado encargado de dar el veredicto estuvo compuesto por Edgard Moreno Uribe, Carlos Herrera y Douglas Palumbo, así como por miembros de la Junta Directiva de la Fundación Isaac Chocrón, como Javier Vidal, Luis Parada y Martin Hahn.

Escribir era para Gilberto Pinto la libertad. No creía en el teatro que no molesta a nadie. Por esa razón, cuando el actor, dramaturgo, director y docente creó en los años cincuenta una compañía, se dedicó a satisfacer esa necesidad social y a representar piezas de los más importantes autores. Teatro del Duende cumple su 60 aniversario con el epíteto de haber sido pilar para el nuevo teatro venezolano...“Es representante de un teatro con gran compromiso político. Gilberto fue un ser incólume en sus creencias y posiciones ante la vida. El grupo contribuyó con la libertad de la escena nacional”, afirma el crítico Leonardo Azparren Giménez. La línea discursiva de Teatro del Duende no se amilanó ni siquiera a finales del año 2009, cuando el Ministerio de Cultura le atribuyó “conductas públicas perniciosas” y le retiró el subsidio gubernamental, que era de 20.000 bolívares. Pinto, que había recibido el Premio Nacional de Teatro en 1999, recordó entonces que en las palabras de agradecimiento le dijo a Hugo Chávez: “Si no apoya la cultura, volveremos a la jungla”.

Gilberto Pinto
Pinto: dramaturgo prolífico.
Letralia, Tierra de Letras
16 de enero de 2012 
Cagua, Venezuela
Falleció el dramaturgo venezolano Gilberto Pinto

El pasado miércoles 7 de diciembre falleció en Caracas el profesor, dramaturgo, director y actor Gilberto Pinto, quien fuera uno de los padres del teatro venezolano contemporáneo.
Nacido en la caraqueña parroquia de Santa Rosalía en 1929, Pinto estudió con el maestro mexicano Jesús Gómez Obregón en el Curso de Capacitación Teatral (1948-1951). Como actor y director intervino en piezas de Luigi Pirandello, Alfonso Sastre, Albert Camus, Ionesco, George Bernard Shaw, César Rengifo, Bertolt Brecht, O’Casey, Lorca, Chejov, Millar, Strindberg, O’Neill, Beckett, Synge, Dürrenmatt, Coward y otros.
Como dramaturgo escribió dieciocho piezas, muchas de ellas escenificadas en Estados Unidos y en casi todos los países de América Latina, como La noche moribunda, El hombre de la rata, Los fantasmas de Tulemón, Lucrecia, La buhardilla, La noche de San Juan, La guerrita de Rosendo, El confidente o La visita de los Generales.También publicó los ensayos Reflexiones sobre la condición y la preparación del actor, Gómez Obregón y su época El texto teatral, notas y contranotas para jóvenes dramaturgos.
Como pedagogo, formó parte de los más importantes institutos teatrales de Venezuela. Trabajó, a su vez, para la radio, el cine y la televisión. En 1999 obtuvo el Premio Nacional de Teatro. Su extraordinaria labor fue reconocida por el Estado venezolano con las órdenes Mérito en el Trabajo, Andrés Bello y Francisco Fajardo, todas en primera clase.
Fuente: El Universal

Teatro del Duende: 60 años de escena comprometida

La visita de los generales fue uno de los montajes más recientes y representó madurez en la dramaturgia de Pinto | FOTO MANUEL SARDÁ / ARCHIVO
La visita de los generales fue uno de los montajes más recientes y representó madurez en la dramaturgia de Pinto | FOTO MANUEL SARDÁ / ARCHIVO
La compañía fundada por el dramaturgo Gilberto Pinto es uno de los pilares del nuevo teatro venezolano. Aunque reducida, su actividad continúa

Escribir era para Gilberto Pinto la libertad. No creía en el teatro que no molesta a nadie. Por esa razón, cuando el actor, dramaturgo, director y docente creó en los años cincuenta una compañía, se dedicó a satisfacer esa necesidad social y a representar piezas de los más importantes autores. Teatro del Duende cumple su 60 aniversario con el epíteto de haber sido pilar para el nuevo teatro venezolano.
Marta Lancaster, Gustavo González, Luis Márquez Páez y Etelvina Noguera fueron los primeros integrantes de una compañía que tenía como preceptos la sencillez escenográfica, un texto comprometido, la valoración del actor y el realismo crítico como estética.
“Es representante de un teatro con gran compromiso político. Gilberto fue un ser incólume en sus creencias y posiciones ante la vida. El grupo contribuyó con la libertad de la escena nacional”, afirma el crítico Leonardo Azparren Giménez.
La línea discursiva de Teatro del Duende no se amilanó ni siquiera a finales del año 2009, cuando el Ministerio de Cultura le atribuyó “conductas públicas perniciosas” y le retiró el subsidio gubernamental, que era de 20.000 bolívares. Pinto, que había recibido el Premio Nacional de Teatro en 1999, recordó entonces que en las palabras de agradecimiento le dijo a Hugo Chávez: “Si no apoya la cultura, volveremos a la jungla”.
La viuda del dramaturgo, Francis Rueda, señala que el grupo pasó muchas vicisitudes, pero logró hacer cosas muy interesantes. “La mayoría de las veces con las uñas. Todo lo que ganaba Gilberto en la televisión lo destinaba al teatro. Rechazaba la vulgaridad. Le encantaban los autores de gran profundidad porque decía que el teatro era eso”.
La actriz recuerda que la agrupación detuvo sus actividades por pocos años y retomó la escena a finales de los ochenta con Lucrecia, monólogo que escenificó en la sala Horacio Peterson del Ateneo de Caracas.
Además de las obras que escribió, como El peligroso encanto de la ociosidadLa visita de los generales y Pacífico 45, Pinto montó con la compañía piezas de Cabrujas, Chalbaud, Rengifo, Shakespeare, Molière, Sófocles y Chéjov, así como la serie de premios Nobel que incluyó a Eugene O’Neill, Albert Camus y Samuel Beckett.
Teatro del Duende, que ofreció numerosas obras en el interior del país, tuvo también importantes actores invitados: Fernando Gómez, Berta Moncayo, Martín Lantigua, Ana Castell y Alberto Álvarez. Este último fue, junto con Rueda y Pinto, de los últimos integrantes. Ahora la actriz es la única representante. Ofreció de nuevo el montaje de Encuentrocon Francis Rueda Bingo de Chalbaud, en coproducción con la Compañía Nacional de Teatro.
“Actualmente cuesta mucho mantener una agrupación, porque la inflación es terrible. El dinero no te alcanza y yo estoy sola. Tengo que pedir ayuda a los entes del Estado o a la empresa privada. Mi marido me decía que no dejara morir al grupo. Yo haré hasta lo imposible para que siga el Duende”.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Fernando Martínez Móttola, destacado ingeniero que asumió fuertes responsabilidades en los gobiernos previos a este, ya largo, piensa enLa Mala Racha como “una ventana a la cual puedan asomarse personas en el presente o en el futuro, dentro o fuera de Venezuela, a fin de observar la vida de un sector significativo, no único, de la sociedad venezolana de nuestros tiempos”

La mala racha, ficción hermana de la realidad

Novela de Fernando Martínez Móttola llegó a las librerías / Foto Federico Prieto, cortesía Fundavag Ediciones
Novela de Fernando Martínez Móttola llegó a las librerías / Foto Federico Prieto, cortesía Fundavag Ediciones
Ingeniero que encabezó instituciones del Estado con altas responsabiliades en políticas públicas, entrega ahora con la misma pasión que asumió aquellos años 90, una obra sensible al presente, a través de una historia impregnada de reflexión y sentimientos, donde el protagonista, su familia y su entorno bien parecen espejo fiel de un drama que está vivo en Venezuela

La historia de La mala racha, novela que acaba de publicar Fernando Martínez Móttola, cuenta tan de cerca lo que siente una ancha franja de venezolanos en los últimos tiempos que, para quien la empieza, puede convertirse en equipaje de mano hasta terminarla: enseguida se intuyen allí respuestas y pistas que calmen tantas preguntas que laten y empujan hacia otro plan de vida, a ese duro camino de la inmigración.
Desde su primera página, esta nueva publicación editada por Fundavag Ediciones, se detecta la disyuntiva, recargada de razones que palpitan entre tantas personas: irse o quedarse.
Aquí se cuenta, desde el corazón de un hombre honesto de alto rango profesional, la tirantez de alma que lacera a bastantes familias, y a gente de variadas edades, sembradas de ese conflicto doloroso; tal vez del mismo tamaño de las dudas y los temores de quedarse, arriesgándose cada vez más y sin certezas a corto plazo.
La narración se desliza, con un lenguaje ondulante entre la sencillez y la intimidad, describiendo esa doble cara de la moneda, como grito silencioso o asumido plenamente: ambas opciones, peligrosas y desgarradoras ocasionan cambios drásticos y revolcones de muchas vidas.
Esa confrontación interna de una u otra opción palpitante en Venezuela como nunca antes, la retrata Martínez Móttola de manera vívida, mediante una historia que mantiene la tensión, el sentimiento y el suspenso de los mejores cuentos. Así se van recorriendo las casi 300 páginas de esta novela donde midiendo la vida, auscultando respuestas, buscando asideros y hasta consuelo, se permite el autor también adentrarse en la omnipresencia de un Estado devenido en juez y parte, que ha menoscabado la vida de unos ciudadanos, cuyos caminos va cerrando esa estrechez controladora, en los distintos ámbitos, hasta llegar a sembrar en estos personajes, temores y desconfianzas sin precedentes que les empujan a situaciones extremas.
Una ventana, pero no única
Fernando Martínez Móttola, destacado ingeniero que asumió fuertes responsabilidades en los gobiernos previos a este, ya largo, piensa enLa Mala Racha como “una ventana a la cual puedan asomarse personas en el presente o en el futuro, dentro o fuera de Venezuela, a fin de observar la vida de un sector significativo, no único, de la sociedad venezolana de nuestros tiempos”.
–La novela no pretende ser una historia política –precisa– sino, alternativamente, la historia de unos personajes, todos ciudadanos comunes y corrientes, dentro de un contexto político y social. Su pensamiento, sus preocupaciones, sus frustraciones, sus miedos, sus motivaciones y sus esperanzas, se manifiestan a través de la historia de esta ficción, alrededor de un dilema central, característico de nuestros tiempos: quedarse  o irse del país.
Hablo –continúa– del reflejo de lo que piensa una parte de la sociedad venezolana y no toda, porque estoy consciente de que los hechos transcurridos, al menos durante las dos últimas dos décadas en Venezuela, no han sido percibidos desde la misma perspectiva por todos. Hemos vivido en un país dividido, apreciaciones contradictorias que no han logrado entenderse para lograr la convivencia necesaria. En algún momento la sociedad venezolana deberá reencontrarse, dentro de la diversidad, para poder salir del atolladero en que se encuentra”.
Su final sorprendente nada rosa, rescata la fuerza de las raíces, de los móviles de vida valederos aún en medio del dolor, y recuerdan cuán incompleta podría parecer a veces; pero que es en esos valores universales aunque con altos costos, donde vale la pena vivir la vida. ¿Es exorcismo, esta obra? ¿Es terapia, testimonio? Tal vez todas estas y otros poderes del placer de la literatura.   

El imaginario teatral venezolano (VII – I): “Intervalo, la primera pieza de la dramaturga –Elizabeth Schön– y una de sus piezas fundamentales, ganó el Segundo Premio en el Concurso de Obras del Ateneo de Caracas y sería estrenada por el director Horacio Peterson en el marco de su Primer Festival de Teatro”

Didascalia: El imaginario teatral venezolano (VII – I)

Elizabeth Schön / Foto Alfredo Cortina (cortesía)
Elizabeth Schön / Foto Alfredo Cortina (cortesía)
“Intervalo, la primera pieza de la dramaturga –Elizabeth Schön– y una de sus piezas fundamentales, ganó el Segundo Premio en el Concurso de Obras del Ateneo de Caracas y sería estrenada por el director Horacio Peterson en el marco de su Primer Festival de Teatro”

La vida en un Intervalo
Cuando Elizabeth Schön escribió Intervalo en 1956 introdujo –quizá sin querer, quizá a propósito– nuevas formas de discurso teatral que aún para la década de los 50 habían permanecido sin explorar, como el surrealismo y el absurdo.
Schön, nacida en Caracas en 1921, se formó como literata en el Instituto Pedagógico de Caracas y posteriormente como filósofa en la Universidad Central de Venezuela. Esta mezcla de conocimientos hará que en su obra general se mezclen la poesía con abstracciones del yo y diversas apreciaciones sobre la vida. Es por esto que el crítico Rubén Monasterios califica su obra como mágico-poética, con “personajes que se buscan a sí mismos, seres fraccionados, personajes que no hacen nada, o que simplemente aparecen y se disuelven…”.
Intervalo, la primera pieza de la dramaturga y una de sus piezas fundamentales, ganó el Segundo Premio en el Concurso de Obras del Ateneo de Caracas y sería estrenada por el director Horacio Peterson en el marco de su Primer Festival de Teatro. En esta farsa de tres actos la dramaturga nos presenta a una protagonista que simplemente denomina como Ella, quien posee una posición económica holgada y es cuidada por las figuras del Mayordomo y la Mucama. Su padre es una figura ausente –tanto en su vida como en la escena– que se encuentra de viaje eterno.
Ella ha sido declarada como demente por su médico –de quien está profundamente enamorada– y pasa sus días creando personajes ficticios con quienes se ve envuelta en situaciones insólitas donde a menudo involucra a su Mayordomo, quien le sigue el juego para preservar su delicado estado de salud.
Alrededor de Ella también se encuentra el Zapatero, quien aprovechándose de su cómoda posición económica la rapta con la esperanza de engañarla para casarse con ella y vivir de su dinero. Pero al final de la pieza ningún personaje logra su cometido: el Zapatero no logra embaucarla, el Mayordomo no logra curarla, y Ellacontinúa en su limbo de realidad inventada.
Schön introduce como tema principal la imposibilidad de comunicación que existe entre su protagonista y el resto de los personajes: Ella se expresa con metáforas y crea circunstancias donde intenta incluir a quienes se encuentran a su alrededor. Para la dramaturga, la comunicación solo puede ser posible bajo un acuerdo tácito deintimidad, ya que esta característica facilita la empatía y permite la comunicación efectiva. Al no haberla, esta simplemente se trunca, yElla queda aislada del mundo, en su propio mundo fabricado por el delirio, el amor frustrado y la enfermedad.
Intervalo posee una gran carga cromática, pues cada elemento escénico señalado en las didascalias tiene un color característico y mustio: rosa viejo, blanco viejo, negro y encajes.  El lenguaje es sumamente poético: muestra sin revelar del todo, de forma juguetona y visual.
Por último y no menos importante: ¿Qué es un Intervalo para Elizabeth Schön? La única alusión al título de la pieza es la afirmación de Ella acerca de su amor por el médico: “Amo a mi médico y estas paredes serán los intervalos de nuestro amor por toda la vida”
Según el diccionario de la Real Academia Española, la palabraintervalo responde en su cuarta acepción al espacio de tiempo en que quienes han perdido el juicio dan muestras de cordura. Si ella estuvo o no lúcida en los 3 actos de su breve historia, será cuestión del público decidirlo al leerla o verla en escena.