Yo soy

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domingo, 20 de julio de 2014

El poder (político y económico) ha decidido disolver al pueblo para refundarlo. Por tal razón ha expulsado a todos los ciudadanos y hará una nueva selección. Esta es apenas una de las situaciones planteadas por el catalán Esteve Soler en su pieza Contra la democracia, que llega a la sala Rajatabla con un discurso totalmente antisistema, contestatario, indignado.

"Contra la democracia" asesta un golpe al sistema

Obra del catalán Esteve Soler inicia temporada en la sala Rajatabla.

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Delbis Cardona y Rafael Gil son dos de los actores de este potente texto FOTOS CORTESÍA
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ÁNGEL RICARDO GÓMEZ |  EL UNIVERSAL
sábado 19 de julio de 2014  09:52 AM
El poder (político y económico) ha decidido disolver al pueblo para refundarlo. Por tal razón ha expulsado a todos los ciudadanos y hará una nueva selección. Esta es apenas una de las situaciones planteadas por el catalán Esteve Soler en su pieza Contra la democracia, que llega a la sala Rajatabla con un discurso totalmente antisistema, contestatario, indignado.

El responsable de la puesta en escena es Juan José Martín, quien fue llamado nuevamente por Escena de Caracas para dirigir. Ya en 2011 había montadoContra el progreso del mismo autor, quien cedió los derechos para presentar las otras dos obras de la trilogía: Contra la democracia y Contra el amor.

"Yo siento que esta pieza es más potente, mucho más cargada en términos de filosofía política y ciudadana. La obra trata mucho sobre la gente de a pie y su relación con el poder, pero con un tratamiento muy al estilo del dramaturgo, desde un sitio que podríamos llamar del absurdo, pero también tiene elementos surrealistas, incluso poéticos, oníricos, con el elemento común de la violencia", comenta Martín.

Al igual que Contra el progreso, esta contiene siete piezas cortas con situaciones bien particulares: una pareja que desde una telaraña, despotrica del sistema, pero a la vez promete que se vengará en las próximas elecciones; un hombre que habla de igualdad, pero no quiere ser igual al amigo que acaba de derribar de una pedrada; o un matrimonio que decide que tiene que matar a su hijo para contribuir con el bien común en una economía en crisis.

"Hay una ironía en el título Contra la democracia, no hay una literalidad, más bien habla de la gente, satiriza sobre las personas que hablan de democracia y en el fondo no saben de lo que habla, o sobre aquellos que se sirven de la palabra para hacer cosas que no son precisamente democráticas", comenta el director, quien cuenta con los actores Delbis Cardona, Nadeschda Makagonow y Rafael Gil.

Esteve Soler es uno de los dramaturgos contemporáneos más representado en el mundo. Sus obras han sido ya objeto de unos cincuenta montajes y lecturas en Alemania, España, Grecia, Francia, Rumania, República Checa, Inglaterra, Suiza, Estados Unidos, Italia y Rusia. 

Juan José Martín señala que hay suficientes razones en Venezuela para estar tan indignado como Soler. "Él habla desde una perspectiva del ciudadano común y en ese sentido hay una identificación plena: todos vivimos el abuso de los poderosos, somos víctimas de los engaños, de las matracas, de la sinvergüenzura, y en ese sentido, me parecía muy oportuno. Además la obra muy inteligentemente, no habla desde un partido, ideología o doctrina, sino que habla desde la angustia y con mucho humor negro".

Contra la democracia inicia temporada en la sala Rajatabla (entre la Universidad de las Artes y el Teatro Teresa Carreño), con funciones los jueves, viernes y sábados a las 7:00 pm, y los domingos a las 6:00 pm.

viernes, 18 de julio de 2014

El 28 de julio de 1914 comenzó una guerra que no dejó nada igual. Aunque antes ya hubo otras de alcance más o menos mundial, como la de los Siete Años o las napoleónicas, ninguna había involucrado a tantas personas, de tantos países distintos, afectándolas de maneras tan profundas. Sus contemporáneos creyeron que después de ella ya no vendría ninguna más.

A cien años de la guerra que cambió al mundo

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El 28 de julio de 1914 comenzó una guerra que no dejó nada igual. Aunque antes ya hubo otras de alcance más o menos mundial, como la de los Siete Años o las napoleónicas, ninguna había involucrado a tantas personas, de tantos países distintos, afectándolas de maneras tan profundas. Sus contemporáneos creyeron que después de ella ya no vendría ninguna más. Se equivocaron, y crasamente: veinte años después estalló otra todavía peor, pero tuvieron razón en ver en la Gran Guerra así la llamaronalgo de unas proporciones nunca antes vistas, capaz de generar cambios cruciales en la humanidad. Hoy, cuando los países involucrados se aprestan a conmemorar su centenario, se multiplican las exposiciones, los libros y los eventos, pero también se sopesan los desafíos que el conflicto ya planteó entonces y que muchas veces siguen siendo una tarea por cumplir: el fantasma de los nacionalismos, que hace dos décadas produjo las últimas guerras europeas del siglo XX justo, para escalofríos de todos, donde había comenzado la Primera Guerra Mundial, en los Balcanes, y que hoy revive en los combates de las zonas secesionistas de Ucrania; los odios étnicos y religiosos, el pacifismo como un valor, los retos que las afrentas cometidas hace cien años le ponen a la memoria histórica cuando los pueblos que hace tres generaciones se mataron entre sí se esfuerzan ahora por integrarse en una gran comunidad supranacional. 

De todos los cambios desencadenados por la Gran Guerra pocos tuvieron tanto impacto como los de la ciencia y el arte militar. Ellos pusieron la guerra en otro nivel, impactando en lo que la sociedad desde entonces piensa sobre ella.    La llevaron a los cielos y al fondo de los mares, como nunca antes involucró a los civiles, echó mano de los avances de la tecnología y así no solo se mató a fuego y hierro, sino también asfixiando con gases venenosos. Esa guerra a la que los ejércitos de 1914 fueron con tanto optimismo, todos prevalidos de planes que la soñaron resuelta en unas semanas, terminó estancada en el horror de las trincheras. Los vistosos uniformes que aún recordaban a los napoleónicos se tornaron pardos o grises, las caras se cubrieron con máscaras, los caballos fueron sustituidos por tanques, el casco volvió a popularizarse después de haber sido olvidado como una antigualla medieval. Sin embargo, la doctrina militar fue más lento que las innovaciones técnicas, y así se sacrificaron millares de hombres en inútiles ataques en cargas de bayoneta contra nidos de ametralladoras. Al final murió 1 de cada 8 soldados, más de 5 millones en 4 años. Pero también hubo unos 6 millones de civiles muertos entre las víctimas de los barcos hundidos, del hambre y las enfermedades por los bloqueos, de los primeros bombardeos aéreos y de los genocidios, algunos tan famosos como el de los armenios en 1915, otros casi desconocidos como el de los sirios. Y eso sin contar a los tal vez 30 millones de muertos de la Gripe Española, un tipo de H1N1 para el que aún no estábamos inmunes, que en realidad no comenzó en España sino entre las tropas aliadas en el frente occidental, pero que en los años inmediatamente posteriores al conflicto diezmó a poblaciones enteras por todo el mundo. Así la guerra perdió en épica lo que ganó en técnica. Las batallas dejaron de ser prodigios de valor y poesía que recordaban o intentaban recordar a Troya, para convertirse en simples matanzas como las de Verdun y el Somme. Fue el triunfo de la lógica industrial: se empezó a matar con más eficiencia y rapidez. La guerra mundial siguiente la llevó a niveles todavía más altos, hasta alcanzar el horror nuclear.

Pero no solamente en el aspecto militar fue una guerra que marcó un parteaguas en la historia. Con ella se demostró hasta qué extremos había llegado la mundialización. Ya la interconexión del planeta por el llamado sistema-mundo capitalista (es decir, lo que llamamos mundialización) había producido conflictos capaces de envolver a una gran cantidad de países y de generar combates en casi todos los continentes. La Guerra de los Siete Años y las guerras napoleónicas así lo probaron. Lo que ocurrió con la Gran Guerra es que todo el mundo, sin excepción, se vio involucrado, directa o indirectamente. Aunque los campos de batalla fueron fundamentalmente los europeos, hasta ellos fueron soldados de todos los continentes. Los imperios ya no solo pelearían en sus colonias, el volumen de hombres que tuvieron que movilizar, así como las cifras descomunales de muertos, hizo que las tropas de las colonias terminaran peleando en la metrópoli. La force noire del ejército francés, que en 1914 tenía unos 70.000 hombres entre senegaleses y argelinos, fue remontando hasta llegar a casi 600.000 hombres de todas las colonias para el final de la guerra; más de 150.000 soldados de la Indian Army fueron desplazados hasta el frente francés. Otros tantos lo fueron a África y al Medio Oriente. Australianos y neozelandeses desembarcaron en los Dardanelos, en Egipto, en Palestina. También combatieron en Europa. Grandes ejércitos canadienses y estadounidenses cruzaron el Atlántico. Hubo combates en China y Nueva Guinea. Los árabes se alzaron contra los turcos, los irlandeses contra los ingleses. En los ejércitos ruso y austrohúngaro, vestidos con sus uniformes, combatían soldados de las más variadas nacionalidades. Y si bien esto en sí mismo era un signo de la mundialización, no lo fue tanto como que la economía de todos los países, beligerantes o no, se afectó por el conflicto, demostrando que ya no había ningún lugar en la tierra que no estuviera conectado, al menos parcialmente, con los grandes centros de poder.  Cualquier acontecimiento, en cualquier parte del mundo, podría tener lo que hoy llamaríamos un efecto mariposa para el resto de la humanidad. Y eso porque el capitalismo había penetrando ya en todas partes y las conectaba a través del mercado mundial.

Sin embargo, para muchos la Gran Guerra marcaría el fin de este sistema. Tal vez fue un error tan craso como el de pensar que se acabarían las guerras por siempre jamás, pero uno que, visto a un siglo, se puede comprender. El esfuerzo bélico se trató, para la mayor parte de los países involucrados, de la primera guerra total de su historia fue tan grande, y el costo en vidas tan enorme, que ningún régimen pudo resistir el costo de la derrota. Cuatro grandes imperios desaparecieron: el alemán, el ruso, el austrohúngaro y el turco. Los dos últimos fraccionados en varios países y generando escaladas de nacionalismo que aún se dejan sentir. Los recientes conflictos de la antigua Yugoslavia así como los del Medio Oriente tienen mucho que ver con los desafíos que entonces contemplaron la demarcación de las nuevas fronteras y las aspiraciones de los diversos colectivos a su autodeterminación.
En Europa, fueron unos de los alicientes más poderosos para el estallido de la siguiente guerra mundial; en el Medio Oriente, donde las potencias imperialistas occidentales frustraron las aspiraciones locales de independencia, los efectos se siguen manteniendo hasta hoy. Inmediatamente después de la guerra se desataron conflictos que también tienen resonancias en la actualidad, como la guerra greco-turca que prácticamente acabó con la mayor parte de la milenaria población griega en Anatolia- o la guerra polaco-soviética por el control de Ucrania (a un siglo, en el territorio, por causas similares, vuelve a combatirse por lo mismo). No obstante, ninguna de estas modificaciones conmocionó tanto al mundo como la revolución que acabó con el gobierno de los zares y, poco después, estableció el primero socialista del planeta. La Revolución rusa hizo creer en el inicio de una nueva era, en la que todo lo que había sido hasta el momento quedaría atrás para dar paso a una nueva era de paz, armonía e igualdad. Por fin el “fantasma” que recorría el mundo empezaría a mostrar su rostro en la concreción real. El aparente fracaso del capitalismo para generar bienestar para todos y la forma en la que los imperialismos (recuérdese, fases superiores del capitalismo, según Lenin) empujó a la humanidad al holocausto de la guerra, hizo inevitable, a los ojos de muchos, la hora de la gran revolución mundial. A partir de entonces, y por setenta años, todos los movimientos y proyectos políticos, conflictos domésticos o internacionales, van a estar permeados, en mayor o menos medida, por su distancia o cercanía con lo que en Rusia comenzó a ocurrir en 1918.

Pero el comunismo no fue la única de las grandes consecuencias en la conciencia de la humanidad. De hecho, demostró ser una que a la postre resultó más o menos pasajera. Del mismo modo que en cuatro años se derrumbaron tronos e imperios que parecían inconmovibles, también se derrumbaron muchas de las certezas que habían hecho de los europeos de finales del siglo XIX algunos de los hombres más seguros de sí mismos de la historia. La razón, las ideas de belleza, la “moral burguesa”, todo entró en tela de juicio. El camino quedó abierto para que nuevas formas de expresión artística que venían incubándose desde la Belle Epoque -el dadá, el expresionismo, el fauvismo- demolieran lo que se había considerado arte hasta entonces, para crear nuevas e inquietantes formas de expresión. Pronto los hombres nos adentraríamos en nuestro subconsciente para determinar esos impulsos que nos mueven más allá de nuestra voluntad y de nuestra ética (acaso para quien había estado en una trinchera aquello le sonara plausible).
También deshilvanaríamos lo que se consideraba música para entregarnos a la sensualidad creadora del jazz o a las complejas formas dodecafónicas. En breve Albert Einstein nos demostraría que el universo no es el gran aparato de relojero que habíamos creído, sino una combinación dinámica de fuerzas más difíciles de catalogar.

Un nuevo tipo de hombre, un nuevo tipo de guerra, un nuevo arte, una nueva sociedad. Todo eso desató la Gran Guerra. Sería incorrecto decir que lo creó, porque se trata de procesos que ya venían en desarrollo y a los que el cataclismo solo hizo detonar; pero eso no debe quitarle importancia al conflicto cuyo inicio hoy llega a cien años y que en buena medida nos hizo ser como seguimos siendo hoy.

Se dedica el presente artículo a Lucía Raynero, que impulsó su redacción, y a Fernando Falcón y Daniel Sánchez, que me dieron pistas importantes para escribirlo. 

@thstraka

Alma llanera cumple 100 años. Es una canción folclórica venezolana, un joropo, cuya música fue compuesta por Pedro Elías Gutiérrez basada en un texto de Rafael Bolívar Coronado. Es considerada como el segundo himno Nacional de Venezuela.

Bolívar Coronado: el poeta que escondía su obra tras 600 nombres

“Es una obra venezolanista, que aprecia el país, con lo bueno y lo malo”, dice la directora de la pieza Matilda Corral | Foto Manuel Sardá
“Es una obra venezolanista, que aprecia el país, con lo bueno y lo malo”, dice la directora de la pieza Matilda Corral | Foto Manuel Sardá
Escrita por Lupe Gehrenbeck, la obra narra la travesía del autor de la famosa "Alma llanera"

La partida de nacimiento del autor del “Alma Llanera” dice Rafael Bolívar Coronado. 11 consonantes y 10 vocales que a lo largo de su vida le sirvieron para construir sus escondites favoritos: anagramas y seudónimos que lo dieron a conocer como “el hombre con más de 600 nombres”
Bolívar Coronado, a propósito de sus despropósitos, escrita por la actriz y dramaturga Lupe Gehrenbeck y dirigida por Matilda Corral, aborda los episodios finales de la vida de este controversial personaje, interpretado en las tablas por José Gregorio Martínez. El elenco se intercambia personajes entre María Alejandra Rojas, Matilda Corral, Ana Lucía Salamanca, Teo Gutiérrez, Jorge Roig Graterol, Andreína Salazar, Saúl Mendoza y Jariana Armas.
“Es una obra venezolanista, que aprecia el país, con lo bueno y lo malo. Aprovechamos los 100 años del ‘Alma llanera’ para invitar a un viaje a través de la obra”, dice Corral. El guion está basado en el libroEl hombre con más de 600 nombres de Ramón Castellanos. “Tuvimos la oportunidad de reunirnos con él y estudiar los textos que hablaban sobre este personaje al que se le puede sacar bastante punta”, señala la directora.
En una recámara enmarcada con libros, pluma y tintero se encuentra Rafael Bolívar Coronado, el autor del segundo himno de Venezuela. Esta obra fue su pasaporte a España, lugar al que lo envió Juan Vicente Gómez como muestra de agradecimiento. El presidente no contaba con que Bolívar, una vez radicado en Europa, empezaría a criticar su gobierno a través de artículos de prensa que firmaba con seudónimos.
Las sábanas sobre la cama del escritor se mueven a su ritmo y el de su esposa, hasta que un periodista interesado en su historia irrumpe en la escena. Bolívar acepta la entrevista, en la que recuerda cómo Alberto Urbaneja, quien era cónsul de Venezuela en España, le estaba siguiendo los pasos por “traición a la patria”.
Mientras rememora sus estafas, salta el nombre de Rufino Blanco Fombona, un editor de textos al que Bolívar Coronado le hizo llegar unas supuestas joyas universales con la firma de autores como Agustín Codazzi, Víctor Hugo o Sor Juana Inés de la Cruz, pero que en realidad eran escritos por él. Los errores ortográficos y las inconsistencias históricas fueron sus delatores.
Con las autoridades venezolanas y los intelectuales en su contra, Bolívar Coronado deberá encontrar la manera de escabullirse. Por fortuna, sus múltiples amantes lo ayudan en sus objetivos.
 

Portada de la primera edición del libreto de Alma llanera, que escribió Rafael Bolívar Coronado.
Alma llanera es una canción folclórica venezolana, un joropo, cuya música fue compuesta por Pedro Elías Gutiérrez basada en un texto de Rafael Bolívar Coronado.1 Es considerada como el segundo himno Nacional de Venezuela. Nace como zarzuela y fue estrenada el 19 de septiembre de 1914 en el Teatro Caracas, bajo el nombre “Alma Llanera: zarzuela en un acto” y la representación estuvo a cargo de la compañía española de Matilde Rueda

Historia

Esta popular canción, considerada en la actualidad como el segundo himno nacional de Venezuela, comenzó a ser conocida masivamente a partir de su presentación en el Teatro Caracas, llamado también “Coliseo de Veroes”, el día sábado 19 de septiembre de 1914, con gran aceptación del público espectador, hasta el extremo de que el autor de su letra, el villacurano Rafael Bolívar Coronado (1884 – 1924), fue premiado por el general Juan Vicente Gómez, Presidente de la República, con una beca de estudios en España.
La mencionada composición lírica forma parte del contenido de una zarzuela (pequeña obra de teatro), escrita por Bolívar Coronado para un “acto” y tres “cuadros”; la musicalización corrió a cargo del maestro guaireño Pedro Elías Gutiérrez(1870 – 1954), quien se desempeñaba como Director de la Banda Marcial de Caracas.
La obra fue escenificada por la compañía de opereta de Manolo Puertolas, recién llegada a Caracas de una gira por varios países latinoamericanos, con participación de las tiples Matilde Rueda y Lola Arellano, Emilia Montes, una señora Argûelles, el mismo Puertolas, Rafael Guinán, Jesús Izquierdo y un negrito villacurano”joropeador” llamado Mamerto, que le dio un toque criollo especial a la pieza.
Al día siguiente, un comentarista del diario El Universal reseñó: “Alma Llanera es escenas de la vida en las sabanas venezolanas a las riberas del Arauca y sobre su delicadeza de asunto y abundancia de chistes se hacen halagadores comentarios”.
A pesar de su rotundo éxito inaugural, no volvió a ser interpretada hasta el 28 de diciembre de ese mismo año, en el Teatro Municipal de Caracas, en un homenaje al actor venezolano Teófilo Leal; luego pasó a Valencia, Puerto Cabello y Barquisimeto. En Apure, desde los años 90 del pasado siglo XX, hemos intentado que los grupos teatrales regionales la representen, con el propósito de que nuestra gente la sienta más suya y la defienda; pues, forma parte de nuestra identidad. Pero hasta el momento, nadie se ha atrevido a aceptar el reto.
En 1915, Bolívar Coronado publica la primera edición de Alma Llanera, en la Imprenta Americana de don Pepe Valery. En 28 páginas, con una dedicatoria del autor a Matilde Rueda:”…la genial artista que de tan humilde opúsculo ha hecho una llamarada de exaltación y de ensueño”. El éxito editorial corrió parejo al de la representación teatral de la obra, siendo conocida no sóllo en toda Venezuela, si no también en Centroamérica y España. Desde ese momento, comenzó a ser considerada como el segundo Himno Nacional de Venezuela.
La última representación de la zarzuela se hizo el día 1º de junio de 1930, ya fallecido su autor, en el Teatro Olimpia de Caracas, montada por Rafael Guinand y su grupo.
Según Oldman Botelllo, el Cronista de la ciudad de Maracay (1993: 61), el músico Pedro Elias Gutiérrez, de común acuerdo con el autor de la letra, decidió independizar la pieza musical, montándola en la Banda Marcial de Caracas bajo su dirección, estrenándola en la Plaza Bolívar de la capital, el día 31 de diciembre de 1914, en la retreta de despedida del año. Desde entonces pasó a formar parte del repertorio musical de la mencionada Banda Marcial, al igual que de las del interior del país.

Discografía

En el siguiente listado se señalan algunos discos donde la pieza Alma Llanera ha sido interpretada
  • Aldemaro Romero. 1999. CD2. Lo mejor de Aldemaro Romero. Una Compilación de BMG Arbola de Venezuela. Caracas – Venezuela.
  • Alfredo Sadel. 1996. CD. Alma Llanera[1] Anes Record, C.A. Caracas – Venezuela.
  • Ángel Chirinos y Egberto Chirinos. 1964. LP. Cuatro Cuatros. Prodinuve, C.A. Caracas - Venezuela.
  • Julio Iglesias. 1976. Álbum. "América". Sony Music.
  • Egberto Chirinos y Henry Rubio. 1989. CD. Festival Llanero. Producciones León, C.A. Caracas – Venezuela.
  • Gilberto Santarosa. 1998. Salsa Simfonica en vivo Teatro Teresa Carreño Caracas.[2] Sony Music Intenacional.
  • Liscano, Hugo. 1993. CD. Venezuela un Clásico Inmortal[3] Anes Record. Caracas – Venezuela.
  • National Philarmonic Orchestra of London. 1984 (LP) 1991 (CD). Venezuela Suite - Suite Central[4]Producciones León Classical. Caracas - Venezuela.
  • Plácido Domingo. 1994. Plácido Domingo de Mi Alma Latina[5] EMI Records, Ltd.
  • Simón Díaz. 1999. CD. Simón Díaz Recuerda y Canta[6] Producido por Simón Díaz Producciones y Comusa, S.A. Distribuido por Anes Records, C.A.
  • Juan Diego Flórez. 2006. CD. Sentimiento latino[7] Decca Music Group 475 7576
  • Los Alfonso. 2006. CD. Grandes Exitos.

  1. Alma Llanera - Simón Diaz (Para Venezuela) - YouTube

    www.youtube.com/watch?v=4bRWvupRaLE
    30/9/2008 - Subido por 222pj222
    Alma Llanera - Simón Diaz (Para Venezuela) Alma Llanera is a popular Joropo song composed by ...

La inteligencia encuentra respuestas si se mueve con calma y libertad

El ocio filosófico

El Universal 13 de julio del 2014 pág. 4-7
 
OFELIA AVELLA
Solemos asociar la palabra "ocio" a ese tiempo libre, usualmente "muerto" o perdido, en el que no hacemos nada "útil". Un "ocioso" es para nosotros un flojo, un bueno para nada, alguien que no parece tener "algo" concreto que hacer. Si bien se relacionaba con el tiempo libre, el ocio, para un griego clásico, se asociaba también al estudio y al descanso. 
Resulta interesante saber que la palabra "escuela" viene del latín schola (lección, escuela) y ésta, a su vez, de la palabra griega scholé, que significa ocio, tiempo libre; escuela, estudio. Nosotros no relacionamos el "ocio" con los estudios. Consideramos, muy por el contrario, que ambos términos se excluyen mutuamente. Distinguimos el día laboral, el tiempo del trabajo, de los momentos libres, contraponiéndolos -de hecho- con fuerza. ¿Cómo entender, entonces, que el término "escuela" derive de scholé, que significa ocio? ¿Por qué un griego asociaría el tiempo libre al estudio? Antes de responder a esto, vale decir que nos asombraría aún más saber que nuestra palabra "recreo" era justo lo que un griego tenía en su mente a la hora de pensar en el estudio, pues el tiempo dedicado a buscar la sabiduría era apreciado porque recreaba. Para nosotros, en cambio, el recreo es un momento que interrumpe el "trabajo" de aprender. Vemos así, de nuevo, cómo un término (ocio) se contrapone en nuestra mente al otro (estudio). 
Ahora bien, los términos se alejan de su origen porque los cambios culturales, y de mentalidad, van disponiéndonos a entender la vida de modos distintos. Por eso examinar el origen de las palabras puede ayudarnos a comprender qué es lo que hemos desvirtuado en el camino, sobre todo cuando la fricción entre ciertas relaciones -como es el caso entre ocio y estudio- evidencia la necesidad de una revisión. ¿Por qué no volver la vista al pasado para indagar cómo concebían otros la relación con la realidad y el camino que conduce al disfrute de la búsqueda del saber? 
Así, pues, el término "ocio" apuntaba al cultivo del espíritu. Por eso significaba también "escuela", o lugar donde había ocio. A ese "lugar" se iba a aprender por el amor al saber y no por alguna otra razón. Este amor a la verdad generaba felicidad, pues se buscaba comprender la realidad dejándola "ser", en lugar de pretender su dominio. La actitud contemplativa no implicaba distanciarse de lo real para sencillamente observarlo. La idea era considerar las cosas y las situaciones sin dejarse absorber por ellas y sin apoderarse -tiránicamente- de ellas. Cuando no hay dominio de "lo otro" imperan el respeto y el verdadero conocimiento; un conocimiento del que brota, por cierto, el amor, pues la distancia justa que crea en nosotros la actitud contemplativa, nos lleva a comprender el ser de las cosas, sin pretender su manipulación. El amor dispone a conocer "lo otro" en profundidad, lo cual supone dejar "ser" a las personas y a las cosas. 
El amor por el saber era una actitud propiamente filosófica; de aquí que se hable de "ocio filosófico" y de un saber que libera, pues la razón más profunda de las cosas y de los problemas se busca y se encuentra en libertad. El ocio crea las condiciones para que el pensamiento pueda moverse sin trabas externas y sin esquemas pre-fijados. La escuela era ese lugar donde el individuo podía encontrar esas condiciones. No imaginemos un "recreo permanente" según nuestros modelos educativos. Imaginemos, sí, un lugar donde la inteligencia comparaba proposiciones y deducía, pero más que la causa, el esfuerzo era la condición que disponía a escuchar el "logos" de las cosas -su razón de ser-, como diría Heráclito. Esta búsqueda se hacía entonces en un ambiente dispuesto para el ocio por no exigir "obligaciones", pues la inteligencia encuentra respuestas si se mueve con calma y libertad. 
Newton "capta" la ley de gravedad en un momento de ocio reflexivo, el cual estuvo precedido -sin duda alguna- de razonamientos y análisis intensos, pues la luz se dona como un regalo a quien busca con sinceridad. Podríamos decir que en esto consiste la dinámica del esfuerzo que condiciona el momento de gracia (y es gratia porque es gratis), pues el asombro genera la inquietud de saber y la sostiene, también, a lo largo del camino. 
Realidad 
Se discurre para recibir, y como diría Hegel, no se trata sólo del "uso" de las cosas, sino de la "bendición" que supone acoger su verdad como don. El conocimiento que se busca por sí mismo es, ante todo, una gracia que se recibe. Podría decirse que en virtud de la receptividad -no pasividad- con que se contempla la realidad, ésta se nos desvela, gratuitamente, en su intimidad. Quien sube una montaña, llega a lo alto a reposar, a contemplar el paisaje y a ampliar su horizonte. Si al llegar bajara apurado sin detenerse, cabría decir que el "uso" que da a su tiempo no ha sido todavía trascendido por una actitud contemplativa, pues su esfuerzo no ha adquirido un sentido distinto al de la "funcionalidad" de las cosas. 
El ocio filosófico se apoya en el estupor que provoca lo real. A la creación poética y en general, a toda vivencia creadora, subyace el mismo asombro ante el mundo y la similar necesidad de trascender los límites de su finitud. 
La iluminación, sin embargo, como decía el escultor Auguste Rodin al poeta Rainer M. Rilke, precisa del trabajo y la paciencia, pues la inspiración no existe: "Es menester trabajar, nada más que trabajar. Y hay que tener paciencia. No hay que pensar en realizar esto o aquello; basta buscarse hasta construirse un medio de expresión propio, personal. Y entonces, de inmediato, decir todo, todo. Es necesario trabajar, tener paciencia". 
El descanso se ordena al trabajo, y este último al ocio: "mientras trabajo y descanso se mueven en la esfera de lo necesario para la vida, el cultivo del ocio (scholé) se mueve en la esfera de lo libre. Aquí tenemos la diferencia entre 'vivir' y 'vivir bien', o, si se quiere, entre 'sobrevivir' y 'vivir'" (Francisco Arenas-Dolz). El descanso es necesario para retomar el trabajo. El neg-otium ("negocio", negación de ocio) significa entrar en una labor, en un trabajo. Así, pues, se descansa para trabajar y se trabaja para estar ocioso, esto es, para desarrollar ese espacio interior de libertad donde encontrar reposo y saborear lo comprendido. No hay gracia sin esfuerzo, inspiración sin tenacidad, ni bendición sin condiciones que la reciban. Estas se crean; por eso es importante reflexionar sobre la necesidad de fomentar espacios de "tiempo libre" para mantener vivo el asombro ante el mundo. Poder decir "todo de inmediato" o ver alguna luz después de mucho pensar, resultará en la bendición que sigue al esfuerzo. 
¿Podría nuestra vida ser plena con la visión de un "funcionario" que viviera exclusivamente para "trabajar", para reducir sus días de existencia a días laborales, llenos de obligaciones? El ocio filosófico es una actitud que penetra la cotidianidad confiriéndole un sentido que trasciende la vida de trabajo, entendida como ámbito de utilidades. Fomentar esta actitud ayuda a dar un paso "más allá" de las cosas, porque sensibiliza la mirada. Sucede que la visión se espiritualiza y la vida se eleva: adquiere un carácter festivo. La condición es que la realidad nos encuentre receptivos para regalarnos sus dones y sorpresas. 
Ofeliavella@gmail.com
@Ofeliavella

¿Qué tan estrictamente real es lo que escribimos? ¿Qué tan deliberadamente falso? ¿Por dónde pasa la delgada y sinuosa línea que separa la realidad de la ficción?

Miranda como personaje literario

MARIANO NAVA CONTRERAS |  EL UNIVERSAL
viernes 18 de julio de 2014  12:00 AM
¿Qué tan estrictamente real es lo que escribimos? ¿Qué tan deliberadamente falso? ¿Por dónde pasa la delgada y sinuosa línea que separa la realidad de la ficción? Se trata de una pregunta que ha animado a más de un teórico de la literatura, y que atañe fundamentalmente a un género que ha gozado de favoritismo en la literatura más contemporánea, la novela histórica. Y no es para menos, porque esto de ficcionalizar hechos que efectivamente ocurrieron, tomarse la libertad de inventarse historias a partir de asuntos de veras acaecidos, no es asunto sencillo para los que se dan a la tarea de teorizar sobre esa veterada maña de mentir bonito y por escrito. La literatura, pues.

Porque la cosa no es tan sencilla como parece. No se trata tan solo de decir "la cosa no fue así sino asao y punto", que este viejo arte de mentir bonito tiene rebuscadas mañas, a cual más vieja también, por cierto. En primer lugar, hay que intentar que la mentira también sea creíble y no solo bonita. La famosa verosimilitud de que hablaba el viejo Aristóteles. En segundo lugar porque el propósito de mentir brinda al escritor, solo por un instante irrepetible, la maravillosa posibilidad de ser Dios, y decidir la mente y los sentimientos de unos personajes que pudieron de veras existir o no. Pero sobre todo está la posibilidad de escoger una vida (célebre o vulgar, es lo de menos) y hacerla detonante de una historia que se columpia entre las dos caras de la existencia -la verdadera y la ficticia-, todo según real gana del escritor, ese mentiroso con licencia.

El maestro Vargas Llosa dijo una vez que quizá el primer gran contador de embustes con apariencia de verdad fue el mismo Odiseo, quien lloró y perjuró que eran ciertas las increíbles aventuras que se dio a la tarea de contar toda una noche en el palacio de Alcínoo, el buen y creído rey del país de los feacios. Sin embargo, yo tengo muy para mí que el primer gran personaje literario surgido entre la realidad y la ficción fue Sócrates. Léase bien, no el Sócrates histórico que vivió en la Atenas del siglo V a.C., sino ese entrañable personaje, irónico y brillante, que protagoniza los diálogos de Platón. Fue el caso de que al pobre Platón le tocó presenciar en su juventud la injusta condena a muerte de su querido maestro. Escritor dotado donde los haya, se propuso limpiar su reputación, y miren si lo logró. Se dio a la tarea de escribir toda su obra en forma de diálogos ficticios en que el héroe indiscutible era Sócrates. Como una suerte de Bruce Lee filosófico, Sócrates va poniendo fuera de combate uno a uno a todo aquel que se atreve a refutar sus irrefutables teorías, sean acerca de la belleza, acerca del amor, de la justicia o de la amistad. Nadie puede escapar a la irresistible seducción de las palabras de nuestro imbatible héroe filosófico, y durante siglos el mundo prefirió creer que el Sócrates platónico era el real, y no lo contrario. Hoy sabemos que una cosa fue el hombre histórico y otra el genial personaje literario creado por Platón, pero ¿a quién le importa ya?

Tampoco nuestro país ha sido escaso en personajes seductores capaces de inspirar inolvidables ficciones literarias, ¿o acaso alguien puede olvidarse del Bolívar enfermo y cascarrabias de El General en su laberinto? Ni mucho menos la literatura venezolana carece de estupendos ejemplos de novelas históricas. Pocos deben haber olvidado títulos fundamentales como Boves el orugallo de Francisco Herrera Luque, La isla de Robinson, sobre la vida de Simón Rodríguez, o las mismas Lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri. Es interesante notar cómo autores que se han iniciado en la novela histórica vuelven años después con obras más elaboradas y acabadas. Es el caso de La visita en el tiempo, sobre la vida de Juan de Austria, que le valió a Uslar Pietri el Premio Príncipe de Asturias en 1990; o la hoy olvidada Luna de Fausto del mismo Herrera Luque, sobre las andanzas por nuestras salvajes tierras del explorador alemán Felipe de Hutten en el siglo XVI, a mi juicio la mejor novela histórica escrita en el siglo XX en nuestro país. Y es que de buenas novelas históricas y curiosos personajes la literatura venezolana puede exhibir importante y variada tradición. Tenemos heroínas eróticas, como la Manuelita Sáenz de La esposa del Dr. Thorne de Denzil Romero, que le valió el premio La sonrisa vertical 1988, entonces el premio más importante de literatura erótica en nuestra lengua; pero también tenemos héroes literarios, como el insomne y angustiado poeta Ramos Sucre deLa tarea del testigo, de Rubi Guerra; o desquiciados políticos, como el Diógenes Escalante de El pasajero de Truman, de Francisco Suniaga.

Sin embargo, quizás no haya en Venezuela un personaje histórico más seductor que el de Francisco de Miranda. La vida de este blanco de orilla que sale de una pequeña y escondida Caracas de fines del siglo XVIII para convertirse en protagonista de los sucesos más importantes de su tiempo no puede ser un plato más suculento para cualquier gustador de buenas historias. Aventurero, bibliófilo, militar, diplomático, músico, amante, ideólogo y escritor, lo supo bien Denzil Romero, quien en La tragedia del Generalísimo como después en su Grand Tour, lo convierte en personaje literario por excelencia, héroe de los episodios más alucinantes. Lo sabe también Inés Quintero, quien en su reciente Hijo de la panadera se rinde ante las aventuras de quien Arturo Uslar Pietri no dudó en calificar de "el caraqueño más universal, el venezolano más culto de su época".

Historiadora que escribe también novelas, Inés Quintero tampoco pudo sustraerse de la seducción mirandina. Conocedora como pocos de aquella Caracas convulsa del trance entre los siglos XVIII y XIX y de sus personajes, la autora no se adentra por primera vez en los movedizos campos del relato histórico. Ahí están su Criolla principal (Fundación Bigott, 2003) o El fabricante de peinetas (Alfa, 2011), donde ya había mostrado su innegable talento para la narrativa histórica. Si un gran libro es heredero de grandes tradiciones, El hijo de la panadera (Editorial Alfa, 2014) recupera impecablemente estos saberes, y los pone a jugar en la aún inacabada construcción de ese gran personaje literario venezolano que es Francisco de Miranda.



@MarianoNava

Por dinero la mayoría ha vendido la esencia personal y la vida en sociedad

Salvaguardar la patria personal

Por dinero la mayoría ha vendido la esencia personal y la vida en sociedad

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CARLOS GOEDDER |  EL UNIVERSAL
lunes 14 de julio de 2014  12:00 AM
Al profesor Massimo Desiato, in memoriam

Los venezolanos atravesamos por tiempos de oscuridad, usando el término de la filosofa Hannah Arendt. Escasez, violencia, totalitarismo y corrupción generan un desamparo individual ante una sociedad donde apenas se reconocen los valores morales. En tal sentido, se presenta el problema de mantenerse uno mismo humano en medio de este tiempo de confusión, incertidumbre y barbarie.

Stefan Zweig (1881-1942), conmocionado por la debacle europea en las guerras mundiales, abordó este problema en su trabajo final, sobre la figura del escritor Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592). El libro de Zweig se titula precisamente Montaigne (uso la traducción de Editorial Acantilado, 2008). A Montaigne se atribuye la creación del género literario del ensayo, con su textoEssais, publicado en 1580. Zweig señala: "Los Essais tienen un objeto único, y es el mismo de su vida: el yo o mejor, mi esencia".

Montaigne vivió tiempos difíciles en la Francia de segunda mitad del siglo XVI. El Renacimiento desaparecía en medio de guerras religiosas entre protestantes y católicos, donde la monarquía no dudó en matar masivamente a quienes no profesaban el catolicismo oficial. Durante la "Noche de San Bartolomé", entre el 24 y el 25 de agosto de 1572, la reina Catalina de Médici autorizó la ejecución masiva de protestantes (hugonotes), en una carnicería que dejó al menos 3.000 muertos en París. Las guerras religiosas duraron más de treinta años, entre 1562 y 1598. A esta violencia se sumaba la peste, que asoló la región de Burdeos donde vivía Montaigne, y que hacia 1585 causó la muerte de la tercera parte de la población.

Montaigne abandonó el cargo público hereditario que tenía y se retiró de la vida política para dedicarse a sus Ensayos. Tuvo que volver a ocupar, con desgano, el cargo de alcalde de Burdeos, entre 1581 y 1585. Zweig señala sobre Montaigne: "no concibe la actividad política sino en el sentido de la conciliación y la tolerancia." Esa visión de la política no fue la dominante en aquel tiempo.

Solución

El retiro de Montaigne a leer y a escribir fue la solución que encontró para apartarse del culto colectivo a la violencia y la depredación. Zweig considera que Montaigne se puso como tarea "la salvaguarda de la libertad en una época de servilismo generalizado a ideas y facciones". Se trataba de un hombre con esposa, seis hijas y propiedades, no de un ermitaño. Así que atendió estas responsabilidades y concentró el grueso de su energía en preservar su libertad personal. La visión de Montaigne fue que "solo aquel que se mantiene libre frente a todo y todos, conserva y aumenta la libertad en la tierra". Montaigne mantiene su independencia de ideas, no se traiciona a sí mismo cediendo a la voluntad intolerante del Gobierno ni a las tendencias radicales que enriquecían a los ganadores de las guerras religiosas. Sus escritos rezuman libertad. Para él, según Zweig, "lo que ha sido pensado en libertad nunca puede limitar la libertad del otro".

Montaigne mantuvo un examen continuo de sí mismo. Se preguntaba cotidianamente "¿cómo vivo?" y lo maravilloso de sus ensayos es que se va respondiendo esa interrogante sin plantear dogmatismos sobre cómo se debe vivir y sin dar instrucciones al lector. Zweig afirma sobre Montaigne: "nadie se entregó como él al arte más sublime, seguir siendo uno mismo." Y añade: "dejaba que el mundo siguiera sus caminos insensatos y enmarañados y solo se preocupaba de una cosa: ser juicioso de él mismo, humano en un tiempo de inhumanidad, libre en medio de una locura colectiva".

Vigilante

La figura de Montaigne nos propone una solución personal que pocos han adoptado bajo el totalitarismo de la Quinta República y el declive corrupto de la Cuarta. Se trata de mantener una actitud vigilante sobre uno mismo. Apartarse de las corrientes de enriquecimiento ilícito con contratos o fondos públicos. Sostenerse limpio de violencia contra el que piensa distinto. ¿Cuántos no critican a este Gobierno y sin embargo cobran dinero de él? Por dinero la mayoría ha vendido la esencia personal y la vida en sociedad, legando un país esclavizado y en ruinas y, peor aún, una vida personal empobrecida y carente del bien más preciado: la libertad. Si al modo de Montaigne cada venezolano trabajara cotidianamente por mantenerse leal a sí mismo, se revertiría el estado de cosas actual.

Zweig nos alienta: "nada nos protege más en una época de confusión y de bandos opuestos que la lealtad y el humanismo" y nos invita a seguir trabajando cotidianamente en pos de "aquella libertad individual, cuyo más decidido heraldo de todos los tiempos ha sido Montaigne".

cedice@cedice.org.ve

@cedice

Cuenta la leyenda que Galileo Galilei, poco antes de morir, al recordar los difíciles momentos vividos en el ominoso juicio del tribunal de Roma, sus ojos ya vedados a la luz (quedó ciego) se nublaban al contar que había sido obligado a retractarse de sus propios hallazgos, pero al instante una fuerza interna lo sostenía al repetir orgulloso, a modo de púdica venganza, cómo al desdecirse frente a los inquisidores dejó caer en el pesado ambiente de la sala que fungía de tribunal, la frase que de alguna manera reivindica en él, y en muchos otros, el pudor científico: "¡Y sin embargo se mueve!".

Galileo Galilei, entre la ciencia y la cruz

RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
viernes 18 de julio de 2014  12:00 AM
No resulta difícil para un lector contemporáneo imaginarse la escena: Galileo Galilei sentado en el banquillo de los acusados en la sala del tribunal romano, a la espera del veredicto. El bululú, la animadversión, el odio que restañaba la mirada del Sumo Pontífice Urbano VIII, la desconfianza de todos, la pestilencia de un pensamiento colectivo y retrógrado que deseaba cobrar con sangre la afrenta del científico. Se le acusa de apóstata, de infringir los dictámenes de la Santa Iglesia de Roma a través de sus posturas intelectuales y científicas. Se atrevió Galilei a rebatir de nuevo la tesis geocéntrica de Ptolomeo: la Tierra no es el centro del Universo, todos los planetas giran en torno al Sol. Si bien la postura de Galileo es muy digna, si se quiere segura de sí misma (altiva, dirían unos cuantos), a pesar de las humillaciones sufridas, no deja de llamar la atención a los lectores de hoy la sencillez de sus atuendos, la dejadez personal rayana en insania. Tal vez aquel sujeto acorralado, vejado, maltratado y vilipendiado se sentía fuera de este mundo: por encima del bien y del mal, y ya nada le urgía más que conservar por ahora el don de la vida, para así recoger las velas de una vida azarosa, plagada de éxitos y derrotas, de reconocimiento y de desengaños, que ya sentía en declive. Nada le importó al tribunal el duro viaje que tenía que realizar el científico desde Florencia hasta Roma, a través caminos infestados de plagas y bandidos; tampoco su debilidad física producto del fuerte reumatismo que padecía. Ni siquiera importó la avanzada edad de Galileo (69 años); extrema para la época, si se toma en consideración el promedio de vida para entonces. La sala lucía atestada de obispos, teólogos y filósofos, y el vaho del aire que se respiraba era, más que infecto, abyecto, porque se había urdido una estratagema para destruir al científico. Si bien el Papa Urbano sentía cierto respeto por Galileo, y de alguna manera había tratado de capotear el vendaval de la maledicencia para no tener que estar allí sentado en medio de personas que si bien inclinaban la cerviz ante su presencia en señal de respeto, en el fondo sabía que lo aborrecían, pero también que él los aborrecía a todos, ya que ante sus ojos eran una partida de crápulas e ignorantes, que hacían lo inescrutable para quedar bien parados ante su dignidad. Pero en aquel abril de 1633 las cartas estaban echadas: Galileo sería castigado por su atrevimiento, que ponía en tres y dos a la "autoridad y unidad de la Iglesia"; sería quizá condenado a muerte.

Se cuenta que titánica fue la lucha de los actores del tribunal de Roma divididos en dos bandos bien definidos: quienes abogaban por salvar a Galileo de una segura condena, y quienes pedían a ultranza su cabeza.  Si bien prevaleció el criterio de los primeros, y Galileo salvó su pellejo, no obstante fue condenado a prisión perpetua como un verdadero criminal. Gracias a la intercesión de sus afectos la pena la cumplió en una pequeña casa cercana a Florencia y era vigilado todas las horas del día, pero la condena moral no se hizo esperar: sus libros fueron nuevamente censurados, prohibida su venta (so pena de castigo a los que la infringieran), el Diálogo (libro que hiciera estallar la ira inquisitorial) fue convertido en cenizas, lo obligaron a retractarse de lo escrito y las visitas a su hogar fueron restringidas, sin permitírsele abandonar el lugar de la condena por ninguna circunstancia. Como ha de suponerse en estos casos extremos, y dado el espíritu sensible del condenado, Galileo fue presa de profundas depresiones y una sombra se posesionó de su ser hasta llegar a creerse que moriría de pena moral, pero no fue así. Como ave Fénix, Galileo se levantó de la pesadumbre y recobró el ánimo necesario para recomponer los pedazos de su vida. Se interesó de nuevo por la música y la pintura (grandes pasiones también) y por concesión de la Iglesia se le facilitó el adquirir equipos, eventualidad que le permitió continuar investigando y así realizar nuevos hallazgos.

Cuenta la leyenda que Galileo Galilei, poco antes de morir, al recordar los difíciles momentos vividos en el ominoso juicio del tribunal de Roma, sus ojos ya vedados a la luz (quedó ciego) se nublaban al contar que había sido obligado a retractarse de sus propios hallazgos, pero al instante una fuerza interna lo sostenía al repetir orgulloso, a modo de púdica venganza, cómo al desdecirse frente a los inquisidores dejó caer en el pesado ambiente de la sala que fungía de tribunal, la frase que de alguna manera reivindica en él, y en muchos otros, el pudor científico: "¡Y sin embargo se mueve!".

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com