Yo soy

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jueves, 5 de noviembre de 2015

Hoy en el Palacio de las Academias se bautiza el libro “Cielo, Mar y Amor” que escribe William Rodríguez Campos sobre el poeta Cruz Salmerón. El texto que aquí ofrecemos sirve de prólogo de la obra.Escritor de provincia, vate enfermo, hombre adolorido y enfrentado por la tragedia, Cruz Salmerón Acosta fue un poeta, un poeta que luchó contra el olvido y le quemó sus garras con valiosos poemas que ahora sirven de pedestal a su autor.

Cruz Salmerón Acosta, conjuro del olvido

Cruz Salmerón Acosta, poeta / Foto orienteweb.com
Cruz Salmerón Acosta, poeta / Foto orienteweb.com
Hoy en el Palacio de las Academias se bautiza el libro “Cielo, Mar y Amor” que escribe William Rodríguez Campos sobre el poeta Cruz Salmerón. El texto que aquí ofrecemos sirve de prólogo de la obra

La poesía deviene en memoria: memoria del hombre y de los hombres, del tiempo y de los tiempos. Se trata de una memoria expresada mediante artificios de la lengua y de símbolos que potencian, amplían, multiplican el significado, los significados posibles, valiéndose de asociaciones, sustituciones, equivalencias, transmutaciones. No en balde Antonio Machado la llamó “palabra en el tiempo”. La poesía constituye un no olvido, una forma de luchar contra las ruinas y la extinción de las huellas.
Lengua sagrada y, a la vez secreta, la poesía es también, por su esencia, “piedra filosofal”, alquimia, encantamiento y poder de permanencia: sonido y luz, significado y significante elevados a la categoría de cielo, de imagen de lo trascendente. Diversas tradiciones espirituales coinciden en afirmar la íntima relación entre creación y acto de nombrar, como en el “Génesis”, o que al principio era el Verbo, la Palabra, tal cual relatan san Juan en su Evangelio o los mayas quichés en el Popol-vuh. La palabra como poder de nombrar, atraer y ahuyentar, es el logos, la razón, el secreto, de la vida y la existencia. Así, la poesía, palabra en el tiempo, palabra que permanece más allá de lo circunstancial, de lo pasajero, de lo anecdótico, crea y recrea universos, el universo.
Este libro de William Rodríguez se adentra en una poesía que ha cautivado a muchos lectores, tanto por su contenido como por su expresión lingüística. Admirada y estudiada por diversos autores, la obra de Cruz Salmerón Acosta aún es, como muestran estas páginas, un venero no agotado de lecturas e interpretaciones, de gozo estético y poético, en sus sentidos más amplios.
La poesía de Acosta nos viene de una tierra de grandes poetas, de escritores que trascendieron el paisaje circundante así como las circunstancias que los hicieron a ellos como personas y como poetas y las emociones que alimentan su decir poético. Así sucede con el verbo exuberante y sonoro de Andrés Eloy Blanco, con el verbo castigado y pulido de José Antonio Ramos Sucre, con el verbo dolido de Cruz Salmerón Acosta, el poeta enfermo, pero no la poesía enferma sino llena de vida, de azulidades, de tonos, de voces y rayos que nos iluminan.
Una virtud de este trabajo que nos ofrece William Rodríguez, en la línea de la poesía como lucha contra el olvido, como resistencia a la adversidad que embiste la memoria, es reactualizar el verbo de Cruz Salmerón Acosta, evitar que el óxido y la sal del tiempo corroan el recuerdo, la presencia y significación de la poesía de Acosta en las letras venezolanas e hispanoamericanas, que su obra sea víctima de la lepra causada por la desmemoria.
La poesía, la verdadera poesía y no la impostura poética, crea y se expresa en una lengua sagrada, secreta, de honda reflexión a pesar de la imperceptible hondura que pudiera derivarse de las apariencias e impresiones de una primera o descuidada lectura.
William Rodríguez es diácono de la Iglesia Católica, investigador y escritor, profesor universitario de filosofía y amigo de la sabiduría él mismo, miembro de la Academia de la Historia del Estado Miranda. Con ese bagaje espiritual e intelectual, transita en este libro por los caminos de la historia de la literatura y los tormentosos laberintos poéticos que, como veredas multidireccionales, conducen hacia la dimensión sagrada. De esa manera el autor sitúa a un hombre que desde su casa vio, más allá del mar, de pájaros que nadaban como peces y de peces que volaban como pájaros, la tormenta desgarradora y el ocaso con sabor a madrugada y los hizo, en sus poemas, mediodía, brillo, persistencia, espuma.
Escritor de provincia, vate enfermo, hombre adolorido y enfrentado por la tragedia, Cruz Salmerón Acosta fue un poeta, un poeta que luchó contra el olvido y le quemó sus garras con valiosos poemas que ahora sirven de pedestal a su autor. Tales rasgos pueden aprehenderse de manera minuciosa y amena en las páginas de este libro, que, como silbato marinero, nos recuerda un puerto, un hombre-puerto, un poeta-puerto, imprescindible en la literatura venezolana.
Otro azul, distinto quizá al de Darío, palpita en el verbo poético de Cruz Salmerón Acosta, azul de montañas, de mar y de cielo, pero también: “triste azul de mis líricos ensueños, / que me calman los íntimos hastíos”. Como exclama el poeta, “¡color que tantas cosas me revela!”, que tantas cosas a todos nos revela. William Rodríguez recoge el dolor y la poesía de Cruz Salmerón Acosta y sintetiza y valora una escritura llamada a perdurar en el tiempo, a socavar las manos, los abominables pies del olvido, sus garras venenosas, y la muerte engendrada como omnívora bestia mitológica por el silencio, la indiferencia y el desdén.


San Antonio de los Altos (Gulima), agosto de 2015

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